La semana pasada parecía orillarnos a sucumbir entre dos coberturas: la de la boda real que pasaría la madrugada del viernes por varios canales (el mejor de ellos BBC), y la beatificación del Papa Juan Pablo II, que movilizó el equipo estelar de Noticieros Televisa a Roma, incluido el cameo de nuestra pareja presidencial.

Ambas coberturas recibieron la suficiente promoción, tiempo y reportes de nuestros enviados especiales como para movilizar nuestro entusiasmo hacia pasar en vela dos noches esperando esos dos grandes sucesos de la modernidad.

Si fuéramos a hacerle caso a Jorge Volpi, después de una boda real y una beatificación lo que sigue es la quema de un hereje para que el espectáculo medieval del 2011 se concrete.

¿Qué mejor oportunidad para que Barack Obama anuncie la muerte/asesinato de Osama Bin Laden?

Gracias al manantial de información que es Twitter nos enteramos que el domingo fue también el aniversario del anuncio de la muerte de Hitler, implícita la comparación de Bin Laden con el suicida más famoso del siglo XX.

El anuncio de Obama no podía ser más oportuno: a unos meses de iniciar una campaña de reelección. Simultáneo con el lanzamiento de estrategias de comunicación que ridiculizan las posturas intransigentes de sus opositores, entre ellos los birthers, quienes consideran un gran argumento político alegar que Obama nació en África y no en suelo estadounidense: Véanlo, si parece africano . La popularidad del Comandante en Jefe nunca será más alta que en esas horas de alegría después de su propia misión cumplida. Una que pone en perspectiva el mismo y anticlimático anuncio de George W Bush cuando, según él, había concluido la invasión a Irak. Lo cierto es que Saddam Hussein pagó los platos rotos por la incapacidad de Bush para cazar a Bin Laden. Tuvo que ser su sucesor quien diera la orden e hiciera el anuncio que todos querían oír. Por lo menos Obama tuvo la cortesía de llamar primero a Bush, no sabemos si éste se resistió a tomar la llamada con el típico: Laura, dile que no estoy .

La gente salió a celebrar, mientras los analistas contrastaban las precauciones por posibles venganzas con escenarios optimistas. Casi todos coinciden que la muerte del líder será el fin de la organización terrorista más temida del planeta. The New Yorker se posicionó rápidamente como centro de los debates más estimulantes: desde los textos de Jon Lee Anderson hasta los apuntes de Lawrence Wright, uno de los mayores estudiosos del nacimiento de Al-Qaeda.

No extraña que Obama hiciera referencia al 11 de septiembre, pero sí que evitara mencionar los trágicos sucesos de España, Londres o sus embajadas en África. Bin Laden igual la debía.

La noticia provocó la alegría que la beatificación nunca iba a lograr. Especialmente cuando a esta última se le enmarca en los polémicos escándalos sexuales que fueron... cómo decirlo sin ser políticamente incorrectos: encubiertos durante el papado de Wojtyla.

La toma de postura más distintiva del mundo después de Bin Laden parece ser la semántica primero y la moral después.

No habían terminado de dar la noticia cuando no faltó el que preguntara si nos debíamos de alegrar por la muerte de otro ser humano. Arcadi Espada dedicó su blog a apuntar las diferencias entre los medios que usan asesinato con los que dicen muerto. No es lo mismo killed que murdered, apunta. En un thriller legal se construiría la defensa alrededor de esa distinción. La palabra asesinato implica un grado de frialdad, de intención, de planeación. El que es muerto casi pudo haber recibido un tiro por accidente o en defensa propia. Se pudo caer por las escaleras. No es igual.

El mundo es mejor sin Bin Laden, dice Aguilar Camín, aunque como sociedad debiéramos ser mejores que los que celebran. Se habrá hecho justicia, pero ¿es la justicia que queremos? La preocupación moral de ser señalados como vulgares cazarrecompensas parece permear al Pentágono, que se debate con declaraciones desde decir que Bin Laden tomó un arma y combatió a los Navy Seals hasta que se había escudado con una de sus esposas, encima, para disparar. Como si hiciera falta recordarnos que el señor era muy malo. Hasta se escuda con mujeres, parece decir el funcionario: merecía que lo mataran.

Vamos desterrando la hipocresía y falsa moral: Wojtyla encubrió a Maciel, además de ser amigo de México. Bin Laden declaró la guerra, mató más de 3,000 estadounidenses, además de las incontables vidas que destruyó, islámicas o no, en Europa y el mundo árabe. Es evidente que se la tenían jurada y que nadie iba a tener escrúpulos a la hora de apretar el gatillo. ¿Y saben qué? Qué bueno. Las culpas y los golpes de pecho resérvenlas para el confesionario.

Twitter: @rgarciamainou