Algo importante ha sucedido en el país cuando nuestra acostumbrada devoción por la confrontación, el dislate y el desgarre de vestiduras, dio espacio a un momento como el del pasado jueves.

Recordemos. Una marcha por la paz, que hace algunas semanas incluía gritos de "muera Calderón", termina con los dos sentados frente a frente. El Javier Sicilia que inflado por la tribuna exigió la renuncia del Secretario de Seguridad Pública, y el presidente que de muchas maneras ha hecho suya la guerra contra el crimen organizado (aunque ahora pretenda recurrir al sinónimo eufemístico y llamarla lucha, trifulca, pugna, lid, etcétera).

Primera cualidad del encuentro: habló bien de todos los participantes: Habló bien de Sicilia, Lebarón y los dolientes, que fueron capaces de sentarse frente al poder público y ventilarle no sólo el dolor de sus quejas sino su desacuerdo, su crítica, y su reclamo. Un acto de profunda valentía. Para todos los que gustan recordar los tiempos del PRI con nostalgia, basta preguntarles si a cualquier presidente priísta se le podía hablar así, y en público.

Habla bien de Calderón, primero por estar ahí, con su esposa y su equipo. No es una audiencia pública del presidente municipal de Aguachica. Cuando el presidente de la república se sienta a que lo critiquen y pone a su gente a escuchar testimonios y tomar acción inmediata en los mismos, está expresando con sus acciones: sí le importa.

Es fácil endosarle la violencia, la inseguridad, y hasta los cuantosmil muertos a Calderón, pero hay que recordar que no es la primera vez que se sienta con las víctimas, oye lo que tienen que decir, las deja desahogarse, y después explica por qué ha tomado las decisiones: Lo sabe, lo dice: la posteridad lo recordará injustamente por este tema.

El jueves pasado se dio más que un debate, un diálogo. Un acto profundamente democrático y civilizado: el gobierno y sus ciudadanos comunicándose en su sentido más puro. Interlocutores que sabían quién era el otro, que lo respetaron, que dijeron lo que pensaban, que escucharon lo que pensaba el otro, que fueron capaces de encontrar un código común.

Un analista en Agenda pública dijo que ese código fue el del cristianismo: su simbología rebosante no sólo en la entrega del rosario, el perdón, la empatía, y hasta el peso simbólico, moral y emotivo detrás un escapulario que pasa del cuello de Sicilia al de Calderón y representa el dolor de las víctimas.

Calderón no enarboló retórica. Se detuvo, abrazó a la madre dolida, escuchó reclamos mientras tomaba nota, contestó lo que le preguntaron, hasta detalles innecesarios sobre el Hankazo. Fue capaz de enfocar el peso del cambio en el sistema judicial: en su necesidad imprescindible de un cambio evolutivo. Sobre las complejas instancias de responsabilidad. ¿A quién acudir? Hasta confrontó, pero con suavidad: "Lo irresponsable hubiera sido no actuar. En eso Javier, tú estás equivocado"

Una de las paradojas de la comunicación es que los que simpatizaban con la causa de uno o la del otro tendrán lecturas distintas. Lo bueno es que aquí no importa demasiado. No se trató de convencer, sino de ser capaz de decir ciertas cosas en voz alta. De ponerle nombre y apellido a las víctimas. De pensar, hacer y responder preguntas serias. De poner por delante la comunicación, la comprensión y la empatía y dedicarle tiempo.

Una petición señores precandidatos en busca de una causa, señores ciudadanos capaces de darle voz a quienes la han perdido en su dolor y tristeza, y señores que los acompañaban: por favor no conviertan este momento en un movimiento o pretexto electoral, en un slogan, en una docena de spots maltrechos de ambición por el poder.

Para algunos puede resultar extraño que el llamado encuentro Calderón-Sicilia siga recibiendo atención mediática de columnistas y líderes de opinión. Para quienes siguen el valor noticioso por su oportunidad y eco, la noticia ya es hoy vieja. Y quizá lo es, pero sólo como noticia. Y eso habla más de las narrativas que trataron de reconstruir lo sucedido, que del suceso mismo.

Debo puntualizar que no basta con haber leído sobre el encuentro. No bastan los análisis y columnas como ésta, los resúmenes en noticieros, la discusión en Tercer Grado o la cháchara tuitera. Lo digo en serio: hay que verlo. Hay que vivirlo y acompañarlo para entender por qué lo que sucedió ahí es tan importante (Argos TV lo deja ver gratis en internet).

Quizá lo que más podemos obtener de esta singular experiencia, tan conmovedora, es que fue el único suceso en los últimos meses capaz de realmente hacernos sentir esperanza. No importa a quién le ibas, a quién le aplaudiste o quién te hizo llorar; lo que importa es que en un país donde la violencia, la amargura y la tragedia parecían invadir cada rincón con su pegajosa miseria; este encuentro siembra el inicio de una reconciliación indispensable para darle la vuelta al tiempo de la nación, y ser capaces ahora, aunque sea un poco, de recobrarlo.

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