Hace unos días tuve la oportunidad de presentar Viva la vida: los sueños en Ciudad Juárez, de los ilustradores franceses Edmond Baudoin y Jean-Marc Troubs. Un libro inusual, no sólo porque es una suerte de diario de viaje, investigación periodística y ensayo filosófico; sino porque es una novela gráfica sobre México, sobre la cara que no solemos ver de nuestro país, la cara que queda detrás de la violencia, de la guerra contra el crimen: el rostro de los vivos.

Empieza en las playas de Tánger donde en una de las láminas más impactantes del libro, Baudoin nos pregunta, cuántos kilómetros de alambre de púas habría que instalar en medio del mediterráneo para evitar que África invada las riberas de Europa.

Una pregunta extraordinariamente pertinente, y lo sigue siendo cuando los autores, inspirados por 2666 de Roberto Bolaño, viajan a México y después a Ciudad Juárez: es la frontera de fronteras. La frontera entre el primer y tercer mundos. Entre la placidez de El Paso y la llamada ciudad más peligrosa del mundo. Entre la paz y la guerra. El futuro y el oprobioso presente. El miedo al terror y el terror cotidiano.

La misión de Baudoin y Troubs es muy peculiar. Recorrer esa frontera, acercarse a la gente y preguntarle cuál es su sueño, y a cambio regalarles un retrato. Un retrato que fotografían y por la noche copian para su libro.

El viaje a Juárez es en automóvil. Parte de la Ciudad de México, después de una visita a Florence Cassez, que pretende de alguna manera reivindicarla sin mayores argumentos, es un retrato solidario, emocional, de dos franceses en cuyo modelo del mundo no cabe la culpabilidad de su compatriota.

El recorrido los hace pasar por Querétaro, León, Torreón, Cuencamé, Chihuahua y finalmente Juárez. En el camino se encuentran con policías, militares, encabezados periodísticos de espanto, y también, y es lo más importante, con mucha vida detrás de las calles abandonadas de Juárez.

Después, en la página 83 me encuentro con una sensación parecida a eso que solemos llamar deja-vu: el 22 de octubre del año pasado, visité precisamente Juárez para recibir un premio literario. Contento con el concurrido evento en la universidad, recorrimos las oscuras calles de vuelta al hotel, y me pregunté si no habría un poco de exageración en los medios sobre la violencia en la ciudad. Por lo menos una noticia buena saldrá de aquí mañana, me dije. Pensaba ingenuamente que un premio literario sería una buena noticia, no digamos una nota destacable en nuestros medios.

Por la mañana miré con desconcierto, casi con pavor, el encabezado que anunciaba la masacre de 14 jovencitos en una fiesta de cumpleaños la noche anterior: esa fue la noticia que dejó Ciudad Juárez para la historia. La efeméride de aquel día.

Entonces no sabía que Baudoin y Troubs también estaban en la ciudad, y miraban con sensaciones similares esa ventana al infortunio que es el diario PM de Juárez. Una cotidiana invitación a la violencia, el softporn y el horror. ¿Aquí sucedió esto? ¿Éste es un sitio donde pasan cosas así?

El mayor desencanto, sin embargo, está en la página 90. Los autores apuntan cómo El Universal hizo en 1988 una visita a las escuelas de Sinaloa, entrevistando a 75 niños a propósito de sus sueños. La respuesta era la previsible: bombero, piloto de avión, policía, karateca, enfermera, maestra.

Doce años después, el mismo periodista regresó a Sinaloa para descubrir qué fue de esos niños, ahora adultos, y descubre que la mayoría trabaja para el narcotráfico.

Desde las llamadas muertas de Juárez y esos homicidios sin esclarecer que son motivo de justa humillación internacional para la justicia mexicana, hasta la más reciente violencia: los ojos, el lápiz y la tinta certera de Baudoin y Troubs, recrean una ciudad que parece perdida para el futuro del país.

Una ciudad donde los sueños se han convertido en pesadillas, y en esa falta de esperanza, panorama gris de gente que migra a la aparente seguridad de El Paso, el desesperanzado patrullaje de militares y policías enmascarados que recorren sus calles, el desolador panorama de un desierto interminable, se encuentran que todavía hay gente que sueña y trabaja para encontrar la paz y felicidad para los suyos.

Y es en el remanso nocturno de una taquería callejera; una biblioteca comunitaria armada en la sala de una casa, en una calle de terracería de un barrio perdido, o el proyecto de hogares autosustentables, convertidos en granjas, donde Baudoin y Troubs encuentran la luz: esa vida que es esperanza y celebración, que de alguna manera buscaban.

Mirar los rostros esperanzados de la gente, ya sea por cruzar al otro lado, alimentar a sus hijos, sobrevivir la infancia, es una forma de admirar la fuerza de la propia vida. Entender lo que sucedió en esa ciudad, en este país, en las fronteras de Europa como en las fronteras de los grandes imperios económicos; es otra cosa, y como se dice en México: harina de otro costal.

twitter @rgarciamainou