Alguna vez pensamos que eran el mayor ejercicio de nuestra flamante democracia. Después de esos años de oscurantismo político que fue nuestra larguísima revolución institucional (que sólo parece recordar la mitad de la población); llegó el primer debate.

Eran los tiempos en que Jacobo Zabludowski y su noticiero 24 horas, eran guardianes de la equidad democrática. Un segmento que daba seguimiento a la campaña presidencial, y dedicaba cinco minutos al PRI, y unos segundos a los candidatos de oposición: perfectamente equitativos para los que ostentaban una posible rivalidad en las urnas, y los que enarbolaban alguna de las banderas de los partidos morralla con que el PRI había ido construyendo una falsa pluralidad.

Y entonces, en televisión, ese paraíso prohibido para las campañas de Maquío o el Ingeniero Cárdenas; vimos cómo Diego Fernández de Cevallos le daba una repasada a Ernesto Zedillo. Un debate que a muchos abrió los ojos, y a otros la boca y la billetera.

Hasta entonces, los debates "democráticos" se ejercían en cuidadosos espacios de equidad política, supervisados por la SEGOB y la comisión de RTC. Representantes de cada partido y a veces candidatos, respondían, en horario triple Z, las preguntas de algún voluntarioso conductor (labor que a alguna vez hizo Javier Alatorre).

Un fast forward seis años más tarde, y recordamos al candidato Labastida quejarse lastimeramente de que Vicente Fox lo había maltratado en el recreo. Mientras Fox, cuidadosamente entrenado, utilizaba los breves minutos al aire para crucificar al viejo PRI y convocar al voto útil, el ingeniero Cárdenas se quedaba corto en un discurso más diseñado para auditorios complacientes y tiempos elásticos.

Era claro que los debates podían cambiar los rumbos de una elección. Mientras Zedillo se escurría de volver a debatir con Fernández de Cevallos, y la campaña de éste pasaba a los tiempos muertos de la televisión; un sexenio después, Fox se valió de su necedad y una eficaz preparación mediática, para humillar a un candidato del PRI que sólo hubiera ganado en los tiempos del carro completo.

Fast forward seis años después: el candidato que puntea en las encuestas decide evitarse la molestia y no asistir al primer debate. Fue durante el mes, previo a la después vituperada campaña sucia, en que Felipe Calderón le dio verdaderamente la vuelta a la elección. El mes del "cállate chachalaca" y la silla vacía. Se cocinaba el peligro para México, mientras la retórica menos lucidora de Calderón pasaba sin problemas la eliminatoria de Concacaf que eran Madrazo y los "otros partidos".

Celebrados y temidos, los debates políticos se fueron llenando de reglas cuidadosas para fomentar la equidad y evitar un resbalón fatal. Tiempos cortos, un minuto para replicar, otro para la contrarréplica, treinta segundos para enunciar cómo solucionar el problema de inseguridad, poco más para la crisis de educación...

La semana pasada estuvo llena de debates. Algunos son realizados en entrevistas banqueteras, que las mangas del chaleco podría montar como una versión más del duelo musical entre Jorge Negrete y Pedro Infante. Todos quieren debatir con Enrique Peña Nieto, cruzan los dedos para que el líder de las encuestas, decida no asistir, lleve el copete mal peinado, o sea capaz de tartamudear cuando Ernesto Cordero y sus grandes recursos de retórica lo pongan a temblar. Ebrard alza la mano, yo también quiero debatir, con suerte y los perredistas me ven, se deslumbran y deciden que yo soy su gallo amarillo. Hasta Lujambio se da tiempo para dejar de leer a Fernanda Familiar, apagar la telenovela y apuntarse.

El debate para la elección de gobernador en el Estado de México, demostró que sus candidatos, tienen mucha agilidad para esgrimir en segundos: gráficos, credenciales del IFE y fotografías montadas en papel cascarón. Eruviel demostró que con asistir podía mantener la ventaja, aunque esta vez el maquillista de Heidi no llegó a tiempo para darle su look distintivo. Luis Felipe Bravo Mena mostró su mejor expresión de viejito cascarrabias, empecinado en írsele al cuello a Encinas, como si su máxima aspiración fuera el segundo puesto.

Un reloj en pantalla nos dejaba claro que las soluciones que necesitan los mexiquenses están en otro lado. Es preferible utilizar el tiempo para demostrar qué candidato conoce más lugares comunes del optimismo y la descalificación. Un minuto para repetir tres veces las promesas habituales, mientras se demuestra convicción al decir "cuando sea gobernador haré tal o cual cosa".

Los problemas del Estado son lo de menos. Cada candidato orgulloso de su líder particular. Encinas recordó con nostalgia los bloqueos de Reforma mientras Andrés Manuel marcha a su lado para reconquistar el México de los pobres. Bravo Mena descansa su fe en el trabajo del Presidente, justo en el mes en que su popularidad llegó al punto más bajo. Ávila mira con orgullo la foto en su cartera del gobernador actual, el mero bueno está con él y no importa que el municipio que gobernó tenga los peores números de inseguridad y corrupción.

Al final, los problemas del Estado seguían ahí: insolubles, ajenos, bien alimentados, hasta con un poquito de sobrepeso. El resto de nosotros, teníamos algo que agradecer a los voluntariosos próximos gobernadores y su gastado debate: la cura infalible para el insomnio.

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