Cuando era niña le decían que las cornejas eran personas embrujadas .

La anterior cita es una de las tres que subrayé de la multipremiada novela Purga, de la finlandesa Sofi Oksanen, publicada en el 2008, traducida al español en el 2011 por Tuula Marhatta Ahola Rissanen y Tomás González Ahola, y dada a conocer en el 2012 en México por editorial Almadía.

El segundo subrayado dice:

De niña la regañaban si decía en voz alta palabras como Dios, Satán, tormenta, muerte. Una vez había probado pronunciarlas a escondidas y repetirlas una vez tras otra. Un par de días después, una gallina había muerto (en esta segunda transcripción hay que enmendarle la plana a los traductores, pues en lugar de escribir había probado , hubiera sido más correcto traducir probó , evitando de esta manera un párrafo cacofónico en el que, además, se repite un verbo que empobrece el lenguaje de la obra).

Y la tercera:

Una persona tiene que creer en algo para sobrevivir .

Sólo tres citas de una de las novelas contemporáneas más aterradoras que, sin ser una obra de terror como género en sí, con una prosa sutil, seductora, evocativa, registra que cualquier rincón del universo -en este caso una desolada zona rural de Estonia- puede ser un infierno en el que siempre hay alguien con la dignidad necesaria para sobrevivirlo.

Se trata, pues, como en el poema de Tristán e Isolda, de una historia de amor, locura y muerte, pero de muerte encarnada en vida, ya sea por ignorancia, prejuicios y laberintos sin posibles salidas o, donde la única salida, es la locura florecida de la sordera, del acoso, del abuso del poder, de esos vagos hechizos que convierten a las personas en cornejas, en los que decir una palabra es suficiente para evocar una maldición, y la creencia -aunque sea de un clavo ardiente- significa resurrección.

Purga, de Sofi Oksanen, intercala pasajes sucedidos o ficcionales de varias épocas de Estonia: la de antes de la Segunda Guerra Mundial, la de la posguerra, la soviética y la de un año posterior a la era de los soviets y, si bien narra la historia de una familia de campesinas en tales periodos, lo que cuenta es terriblemente universal porque, en realidad, ahonda en los bajos y altos instintos que nos definen como especie.

Sin contener la agilidad narrativa de, por ejemplo, Stieg Larsson, el autor sueco de la trilogía Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y La reina del palacio de las corrientes de aire, en algo se le parece, pues el tema central de Purga es la opresión al otro, su humillación, la lucha por los más elementales derechos de la mujer en particular y del hombre en lo general. Pero a diferencia de Larsson, para la finlandesa Sofi Oksanen no hay héroes, salvadores, justos, sino sólo culpables, víctimas y victimarios, determinismo circunstancial, fábula sin moralejas en la que la animalidad y la territorialidad nunca deja de ser un rasgo distintivo del ser humano.

Así, la fisonomía más esencial de Purga es que la autora, a pesar de referir sucesos infames, mantiene en su prosa la magia de no caer en el efectismo, en escenas procaces, en descripciones morbosas y se mete, sí, en laberintos oscuros y luminosos del alma por medio de la evocación, del decir sin decir, de lo implícito dentro de lo explícito, que es lo que hace la diferencia entre la literatura puramente anecdótica y la gran literatura.