Gran parte de la atención noticiosa de la semana, por lo menos hasta el fallido atentado en Times Square, y los elaborados intentos de la PGR y el ejército por deslindarse de la muerte de los dos estudiantes en el Tec, ha estado centrada en ese último capítulo ácido de la relación entre México y Estados Unidos que es la nueva ley en Arizona.

Esta ley, firmada por la gobernadora del estado fronterizo, ha sido repudiada por el propio gobierno de Obama, y llevado a docenas de manifestaciones de rechazo en varias ciudades del país vecino. Se pide el boycot a Arizona, y los noticieros de nuestro país incluyen entrevistas con familias de migrantes, legales e ilegales, que hablan de esperanzas truncadas y miedo: Nos tendremos que ir de aquí, a lo mejor hasta regresar a México.

La misma Hillary Clinton, Secretaria de Estado (el equivalente a Gobernación), declaró que nuestro país ya tiene suficientes problemas y que su país debería de apoyar al nuestro en la guerra contra el narco y no sumar problemas a la presidencia de Calderón.

En México se repite con incredulidad, que el propio presidente de los EU, que suele ser llamado el hombre más poderoso del mundo, declaró su animadversión por la ley; y aún así, la gobernadora, haciendo uso de la suerte de independencia estatal que le da el federalismo, la firmó y entrará en vigor en menos de tres meses.

La ley básicamente autoriza a fuerzas del orden público a detener a cualquier persona sospechosa de ser inmigrante ilegal, y exigirle papeles. Tal y cual se suele ver en las recreaciones cinematográficas de la ocupación nazi durante la segunda guerra mundial. Una ley inmediatamente tildada de racista, aunque el insulto no haga mella alguna entre sus grupos políticos de respaldo.

Y es que es precisamente la nueva corriente de poder en el partido republicano, toda blanca, toda conservadora, la que no sólo votó por la ley, sino la que se siente profundamente agraviada por la migración, pero no sólo la ilegal, que ahora se menciona, sino en todas sus facetas.

Es el tipo de corriente política que no teme la etiqueta porque precisamente se ha dedicado a cuestionar la nacionalidad del propio Obama a través de algunos de sus voceros mediáticos en Fox News, como Glenn Beck, por ejemplo. Exigiendo al presidente que demuestre, para empezar, que realmente es estadounidense. Para ellos, Obama es el ilegal número uno del país.

Curiosamente, uno de los grupos políticos que han salido a atacar la nueva medida, es el grupo del vilipendiado ex–presidente George Bush, quien siempre estuvo tibiamente a favor de una reforma migratoria, pero como argumenta el columnista Frank Rich del New York Times: El grupo de Bush ya no tiene relevancia o peso político dentro de su propio partido.

La ley de muéstrame tus papeles puede ser la respuesta de un Estado a su propia crisis de inmigración ilegal. Un estado que tiene además el antecedente de los Minutemen, esa autonombrada milicia fronteriza que cazaba inmigrantes ilegales; pero sería un error dejarla en un veto a los Cardenales y Diamondbacks, y calificarla como un delirante desliz local más. En realidad, es el más reciente y vicioso ejemplo de la batalla de un movimiento político que va mucho más allá del problema migratorio.

Para algunos analistas es un completo suicidio político, con la minoría Latina convirtiéndose en una de las fuerzas electorales más importantes en muchos estados. Pero para ese movimiento que busca recuperar América , hundido en la ceguera de sus propios prejuicios, esta nueva ley, es sólo un pequeño paso en la dirección correcta .