Este invierno, qué triste este invierno. Por segunda semana al hilo hay que poner un moño negro sobre el portón del Garage. Murió Philip Seymour Hoffman. Lo que es decir: murió el actor más admirado por mi generación.

No quiero decir que el encanto y el talento de Hoffman fuera exclusivamente apreciado por los que están entre los 20 y 40. Para nada. A lo que me refiero es que para miles de personas de mi edad en todo el mundo, Philip Seymour Hoffman fue el que nos enseñó qué era una gran actuación.

La generación joven de cinéfilos se educó con Happiness, Boogie Nights, La duda, Embriagado de amor, The Master: todas, grandes películas que serían impensables sin Hoffman. Hasta en Los juegos del hambre dejó su huella (que no se preocupen los fanáticos: alcanzó a filmar su participación en las dos últimas entregas de la saga).

Muchos críticos, actores y fanáticos han dicho que Hoffman será recordado por años como el mejor actor de nuestros días. Algunos han ido más lejos para colocarlo en el pabellón de los semidioses junto a Humphrey Bogart, James Dean y Jean Paul Belmondo.

Yo creo que es pronto para predecir la inmortalidad de Hoffman. Tantos grandes de la pantalla han sido olvidados, sobre todo aquéllos cuya intención no era acaparar la pantalla, ni ejercían una seducción inmediata a la George Clooney o Clark Gable. Además, no murió veinteañero como Heath Ledger y James Dean. No era un ángel alma de diablo que se acostaba con seis mujeres antes de comer.

Se veía como un padre de familia muy normal. Morir por una sobredosis de heroína, como un rockstar, no cuadra con su imagen. Lo cierto es que, en silencio, llevaba la mitad de su vida luchando contra sus adicciones. Es la tragedia de las adicciones: puedes ser famoso, adinerado; ser amado, tener una familia y ser el más talentoso entre tus colegas y de todos modos recaer.

Esos actores que sólo quieren prestarse totalmente al personaje y dar una buena serie de secuencias y después guardarse en su vida privada: con ellos la audiencia es cruel y de corta memoria. Philip Seymour Hoffman era de esa raza. No le preocupaba ser cool.

Aunque se llevó su Oscar como protagonista de Capote (lejos de su mejor actuación), lo cierto es que Hoffman era más pimienta y menos filete. Su presencia como miembro del reparto era muchas veces lo que le daba cuerpo a una película, no importa qué tan mediocre. Pienso en películas como Cold Mountain, en la que interpreta a un reverendo con ideas muy liberales sobre los 10 mandamientos ( Deberías saber que el Señor tiene manga ancha con respecto a la propiedad ), o la pesada Nueva York a escena, que sólo es interesante gracias a que el personaje principal es interpretado por un Hoffman en llamas.

La página de IMDB de Hoffman es impresionante. Tantas buenas películas: La guerra de Charlie Wilson, Antes de que el diablo sepa que has muerto, Los Savage, Los idus de marzo. Trabajó con directores arriesgados: Spike Lee, Mike Nichols, los hermanos Coen, Sidney Lumet, Cameron Crowe, Anton Corbijn. Con Paul Thomas Anderson formó una mancuerna creativa que merece ser recordada como una de las más poderosas del cine.

Elijo tres de sus papeles como favoritos tres: el profesor atormentado sexualmente por su alumna de La hora 25, de Spike Lee; el sociópata cobarde Dean Trumbell de Embriagado de amor, de Paul Thomas Anderson, y como el mito del periodismo de rock, Lester Bangs, en Casi famosos, de Cameron Crowe, donde dice una de las frases más repetidas en memes, camisetas y perfiles de red social: The only true currency in this bankrupt world is what we share with someone else when we’re uncool (la única moneda verdadera en este mundo quebrado es lo que compartimos con alguien más cuando somos uncool). Sólo importa, de verdad, lo que haces con honestidad cuando estás roto y vulnerable. Vale más ser uncool que ser una estrella.

No sé si Philip Seymour Hoffman se volverá inmortal. Lo justo sería que así fuera. Un semidiós gordito, de lentes y cejón. Larga vida al rey de los uncool.