Hace unos días, corrió por la red la noticia de que para 2013 se estrenará la adaptación mexicana de la serie Gossip Girl. Si no ha visto Gossip Girl, le ahorro el viaje a Netflix: trata de unos chamacos neoyorquinos con mucho dinero, mucho sexo y mucho drama. Todos se ven muy sensuales bañados en llanto y sudor poscoital. En México, la serie se llamará Gossip Girl Acapulco y será producida por Pedro Torres, responsable de piezas tan importantes para nuestra idiosincrasia como el video de La incondicional de Luis Miguel y el Big Brother mexicano. No hace falta saber más para entender que Gossip Girl Acapulco será telebasura... Y un exitazo.

Como suele ser, hay buena intenciones que justifican el proyecto (me encanta la hipocresía: ¿qué otra buena intención necesitan, en realidad, Pedro Torres y Televisa que hacer un montón de dinero?). Dice Pedro Torres que se trata de reactivar la economía y la imagen de Acapulco, otrora nuestro puerto turístico clave; hoy, una narcofosa con vista al mar.

A cada quien lo suyo: estoy segura de que Gossip Girl Acapulco tendrá mucho rating. Pero no será una serie de televisión la que salvará Acapulco. Especialmente, no una serie de televisión escapista. Van a llegar los turistas émulos de las gossip girls acapulqueñas y se van a aterrorizar porque afuera hay cuerpos colgando de un puente peatonal. Y, por supuesto, no regresarán.

Creo que la televisión, cuando está bien hecha (es decir, es muy entretenida pero tiene otra cosita ), es una verdadera obra de reimaginación social. Dejo como ejemplo a The Wire, serie de HBO que, si necesidad de premios y ratings espectaculares, se ha quedado clavada en la conciencia estadounidense. The Wire es un programa honesto en el que, a partir de los problemas raciales, políticos y socioeconómicos de la ciudad de Baltimore, se analiza a toda la sociedad estadounidense. Y no crea que The Wire es un regaño de abuela o una lloradera progresista; al contrario, es muy divertida, llena de personajes memorables y grandes diálogos. Ese tipo de televisión me encantaría en México. Y, ¡caray!, no creo que esté tan fuera de nuestro alcance. Realizadores de calidad y buenos escritores hay. Sólo nos falta más honestidad, más libertad. Sólo... .

Pensaba en todo esto anoche, cuando daba la vuelta a la última página de El poder del perro (Debolsillo), la extraordinaria novela de Don Winslow que acaba de ser relanzada en México. Dice Rodrigo Fresán, prologuista de esta edición, que El poder del perro debe convertirse en una miniserie de HBO. Tengo una mejor idea: El poder del perro debe convertirse en una miniserie mexicana. ¡Qué digo miniserie!, una telenovela. Debería ser televisión que todos los mexicanos veamos.

¿Ha visto cómo la televisión colombiana ha convertido su historia de narcotráfico en teleseries? No todas son buenas, le doy eso, y muchas glorifican a los delincuentes, pero el fenómeno no deja de ser interesante. Es como si asimilar esas historias en forma de entretenimiento les permitiera revivir y superar el trauma. Anagnórisis y catarsis para liberarse de la tragedia nacional.

El poder del perro podría ser nuestra anagnórisis y nuestra catarsis. Se ha escrito mucha literatura sobre el narcotráfico en México, varias entretenidas y profundas, pero ninguna de las que he leído tiene lo que logra Winslow (tenía que ser gringo): un thriller de acción cuyo fuego no deja esquina sin quemar. No sólo eso: además de ser una obra bien construida y bien narrada, es un garbanzo de a libra de investigación periodística. Durante seis años, Winslow se sentó a investigar sobre el narcotráfico mexicano entre los años 70 y finales de los 90. Escogió como personajes centrales a los hermanos Arellano Félix, se concentró en su guerra en contra del Chapo Guzmán y en sus ligas con Colombia y China.

Recreó muy bien lo que en México se sabe de ello y un poco más.

En las páginas aparecen personajes reales y otros apenas disfrazados. El padre Juan Parada, por ejemplo, no es otro que Juan Jesús Posadas Ocampo. Ernie Hidalgo es Enrique Camarena, el agente de la DEA asesinado por Rafael Caro Quintero. Art Keller, el protagonista, es una mezcla de varios agentes de la DEA que han encabezado las operaciones antinarco entre México y EU.

Como es costumbre para Winslow, la trama se convierte en una gigantesca conspiración internacional, porque El poder del perro no sólo sucede en México. Winslow sabe que nuestro país no es el responsable solitario de la narcoviolencia y eso no sólo hace su novela más entretenida sino que le da un valor mayor como documento.

La guerra en contra de las drogas, sistemáticamente emprendida por EU desde los 60, está comprimida en sus 700 páginas. ¿Quiere la conexión entre la CIA y la DEA? En primer plano. ¿Quiere saber del nacimiento del Operativo Fénix en Vietnam y cómo se trasplantó a Latinoamérica en forma de combate al narco? También. ¿Una teoría del origen de la estética narco, de la violencia como decoración, un porqué del exceso arquitectónico de las casas de los narcotraficantes? ¿Algo sobre narcopolítica? Nada de eso se le escapa a Winslow.

Yo quiero que en México haya un productor osado que adapte El poder del perro. Si no lo hace nadie, lo voy a tener que hacer yo.

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