Testimonios de humanidad, las obras de Gerardo Monsiváis (México, 1974) nos recuerdan que todos vamos en el mismo camino. El camino a Ixtlán, como lo puso Carlos Castañeda, donde casi todos son fantasmas y algunos son los que pueden abrazarnos y darnos calor.

En el gabinete del Museo Carrillo Gil se presenta El camino diletante, obra sonora y plástica de Gerardo Monsiváis.

Casi autodidacta, aunque con una formación profesional sólida en la segunda parte de su trayectoria, Monsiváis es pintor y músico y usa ambos talentos en sus obras. En El camino diletante Monsiváis explora nuestra calidad de nómadas, y nuestra curiosidad por lo que hallamos en el camino. También la nostalgia de lo que vamos dejando atrás.

Son como una serie de sueños, las piezas de El camino diletante. Pasamos de una historia a otra sin darnos cuenta.

Se piensa que los caminos son rectos pero nadie camina en línea recta. Hay lugares retorcidos en los que nos perdemos y buscamos aire para salir. Monsiváis retrata sobre todo esos momentos en esta exposición: ¿qué pasa cuando nos perdemos? El riesgo de una especie de muerte nos llena la cabeza, se nos hace un lío el corazón. Perderse es tener la noción de que quizá ya no se volverá. No es tan grave: perder la trama más no la senda.

En su libro A field guide of getting lost, Rebecca Solnit habla con fascinación del arte de perderse, de andar por la senda menos caminada. Monsiváis y ella podrían sentarse a tomar un tecito. Monsiváis está obsesionado con la gente perdida, qué hace para volver y si no vuelve, cuál es la razón.

Monsiváis, me parece, está obsesionado con el arte de caminar y dejar atrás. No soy muy buena interpretando piezas sonoras pero el consejo es: dejarse llevar por los sonidos, son parte de estar perdido. Esta mezcla de imagen con sonido tenía que derivar por fuerza en obra videográfica. Creo que es la parte más floja de la exposición. Un video aburrido en el cual no vale la pena invertir el tiempo.

Al ser esta una exposición de gabinete se trata de un recorrido muy breve. El gabinete del Carrillo Gil permite aislarse totalmente con las piezas, lo cual en algún momento puede ser intimidante. Vi un abismo y el abismo me miró: es la misma sensación con las piezas de Gerardo Monsiváis.

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