Más allá del título, que tentaría a situarla junto a los libros escandalosos en torno a la violencia en Mexico, Los cárteles no existen (Ed. Malpaso, 2018) es una inteligente y profunda investigación de Oswaldo Zavala, donde concluye que las nociones que conocemos sobre narcotráfico son afirmaciones vacías, sin ningún significado real, pero de las cuales los gobiernos mexicano y estadounidense, y la rapiña del capital, se han beneficiado por décadas.

Es decir, argumenta cómo en efecto los cárteles no existen; conclusión a la que antes habían llegado, entre otros, Luis Astorga y Fernando Escalante Gonzalbo, pero que Zavala robustece y potencia.

En Seguridad, traficantes y militares, Astorga había señalado que lo que en México nos hemos acostumbrado a nombrar como narcotráfico no es sino el resultado de “la invención de un enemigo monolítico” por parte del gobierno.

Lo que en realidad consiste en una compleja red de intereses económicos, políticos y de fuerzas de poder, se reduce en el discurso gubernamental (repetido acríticamente por medios, academia, literatura...) a un asunto de buenos vs malos, en donde los buenos son, claro, los gobernantes que luchan contra los narcotraficantes.

Tal narrativa elemental desarrollada por el Estado incluso ha sido ironizada por Escalante Gonzalbo en un artículo en Nexos: “¿Mataron a un candidato a gobernador? Fue el crimen organizado... ¿un atentado contra el ejército, contra la policía federal? El crimen organizado... ¿Cien muertos, mil, 10 mil, 20 mil, 40 mil? El crimen organizado, la ruta, la plaza”.

Pero ¿cómo se inventó este enemigo fabuloso que permite al gobierno justificar toda serie de hipocresías, como, por ejemplo, la pretendida guerra del presidente Calderón?

Zavala documenta que a partir de 1986, por una directiva presidencial de Ronald Reagan que tipificaba el tráfico de drogas como una amenaza para la seguridad nacional, México adoptó su política antidrogas: desaparece la DFS, se crea el Cisen y el gobierno de Zedillo empieza a destinar el ejército para actividades antidrogas. Luego, con los ataques terroristas a las torres gemelas, en el 2001, el gobierno de Vicente Fox adopta abiertamente una política de seguridad en la cual el tráfico de drogas se transformó en la principal amenaza contra la soberanía nacional.

Luego, con Calderón y George Bush, tiene lugar la Iniciativa Mérida: respaldo político y financiero estadounidense, que hasta la fecha ha otorgado 2,300 millones de dólares a los gobiernos de Calderón y Peña Nieto.

A estos claros intereses geopolíticos de los gobiernos de México y Estados Unidos, se unen poderosos intereses de capitales: con base en investigaciones periodísticas de Ignacio Alvarado, Dawn Paley y Federico Mastrogiovanni, Zavala muestra el patrón que en zonas del país con la mayor violencia, cuya población ha sido precarizada y desplazada, es justamente donde se encuentran enormes yacimientos de petróleo y gas natural, en los que capitales internacionales ya están invirtiendo gracias a la reforma energética.

“Lo que comúnmente llamamos ‘narco’ es la invención de una política estatal que responde a intereses geopolíticos específicos”, resume Zavala en la página 81. La propuesta de esta investigación es que cambiemos la narrativa: olvidarnos de señalar al inexistente narco y centrarnos en el Estado mexicano como el responsable directo de los actuales índices de violencia.