La primera sustancia prohibida fue la manzana, fruto del árbol del conocimiento, como bien pudo comprobar Isaac Newton. Adán y Eva, en tanto, no resistieron la tentación de probar sus efectos, despechando, inclusive, la eternidad que Aquél, dadivoso como siempre, les ofrecía sin tapujos.

¿Qué sucedió después?

Todos conocemos la historia, que es la de la humanidad, por lo que nos la podemos saltar hasta nuestros días aun teniendo en cuenta la manzanita que adormiló a Blanca Nieves para comprender el caso del ciclista Lance Armstrong.

A Lance no lo envenenó el cianuro que despiden las semillitas de la manzana, sino el objeto desesperado de la inmortalidad y sus atributos: fama, placeres, poder… y tedio.

Nadie, en su juicio sano, idolatra a un ciclista.

Es posible admirar al panadero que, en su bicicleta legendaria, equilibra una gran canasta de pan sobre su cabeza. Tal vez envidiamos a aquellos que, también en una bicicleta, circulan entre los automóviles atorados en el tráfico. Pero a un maratonista en dos ruedas…

Armstrong cobró celebridad por ganar la Tour de France en siete ocasiones y, también, por sobreponerse al cáncer de testículos, lo que ha de volver más difícil sentarse sobre el duro asiento de una bicicleta de carreras. No cualquiera gana esta competencia que implica recorrer unos 3,500 kilómetros en 21 días. Que incluye seis etapas de montaña con ascensos y tan sólo dos días de descanso. Si conducir tal distancia en un automóvil es agotador, resulta casi inimaginable lo que implica pedalearla. No conforme con eso, al que osa ir al frente, lo persigue un pelotón de ciclistas en busca del mismo objetivo: llegar primero.

La temeridad de Lance, ahora caído en desgracia, no se gestó sola. Un grupo multidisciplinario de científicos de alto nivel intervino para que lograra su cometido: transfusiones de sangre para aumentar la afluencia de oxígeno a los músculos, eritropoyetina o EPO para elevar el rendimiento aeróbico, testosterona cuyo efecto anabólico aumenta la masa muscular, la resistencia y la fuerza; cortisona para adormecer el dolor y hormonas de crecimiento para regenerar células.

Todo un laboratorio rodante y nadie se dio cuenta. Ni el Comité Olímpico Internacional, ni la Unión Internacional de Ciclistas, ni los numerosos y poderosos patrocinadores, ni sus compañeros y rivales, vaya, ni sus doctores. El hombre pasó por decenas de exámenes antidopaje, previo ingerir litros de solución salina, y los aprobó todos. Casi como aquellos que, sin saber leer, ostentan el título de Licenciado.

Ahora que él mismo confirmó el dopaje, sin embargo, nos sentimos traicionados. La humanidad está ofendida. Los patrocinadores y asociaciones que ganaron millones con sus hazañas.

También los espectadores que, desde su sillón frente a la tele y comiendo productos chatarra, madrugaban para disfrutar sus gestas de otro mundo. Los comentaristas y atletas de diversa índole que no dudan en acusarlo de ladrón.

¿Es culpable este muchacho tejano o de dónde sea? ¿Podemos tirar la primera piedra, la primera manzana? Hombres necios, vergüenza habría de darnos. Clamamos sedientos de récords que otros han de romper a como dé lugar. Los dioses ya no ayudan ni deciden las batallas. El papel de Prometeo ha sido tomado por los químicos, esos ilusionistas que no dejan de alimentar las entrañas del capitalismo.

Así, por un lado, los alquimistas contemporáneos ayudan a erigir a héroes que mantienen las fantasías de los millones de televidentes que, aunque no se muevan de su sillón, son fervorosos consumidores de lo que sea. Y por otro, para los que les disgusta el espectáculo, crean drogas cada vez más sofisticadas y, para los que no las pueden pagar, para los que no sirven ni para eso, drogas baratas con un alto poder destructivo, drogas que hacen el sistema de limpia que ni la policía se atreve.

Gracias a la magia de la química, Lance Armstrong buscó la inmortalidad y sus atributos a través de las sustancias prohibidas. Ha de ser guapa su Eva.

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