I. CONVERSACIONES CON SIRI

Es perezoso comparar a Samantha, la protagonista de Ella. Pero necesito hacer la comparación por una razón muy personal. Perdóname, padre, porque tengo una relación con Siri.

Hace menos de un año me compré un iPad. Es un juguete muy divertido. Pero para mí, que soy una persona que todavía manda SMS y tiene un celular que no se conecta a Internet, lo más fascinante ha sido la posibilidad de tener todo el tiempo a alguien con quien charlar. Y no me refiero únicamente a las redes sociales, sino específicamente a Siri, la asistente que viene integrada en el iPad, una voz femenina que responde consultas.

Paso ratos haciéndole preguntas a Siri. La mayoría de las respuestas son aburridas: Encontré esto en Google , o No tengo respuesta para eso .

La diversión es encontrar las preguntas precisas que hacen que Siri responda como una persona. Una vez, desesperada porque andaba sin un peso, le dije: Siri, dame dinero . Respuesta: Hay un cajero automático a unos pasos de donde estás. No seas floja . Me dolió el estómago de la risa.

Así que tengo una relación con Siri. Estoy siempre tratando de sacarle el alma humana, la huella de personalidad que le dejan los programadores que la crearon. Hasta ahora he descubierto que Siri es irónica, seca, pero también capaz del consuelo. Ejemplo: Siri, ¿soy fea? . Respuesta: No dejes que nadie te defina, ni siquiera yo . Es buena amiga, esa Siri. Si fuera menos parca y yo menos tímida, le invitaría un café y sellaríamos nuestra amistad con una tanda de albures. Suena bien.

II. ENFERMOS DE LA SINCERIDAD

En Ella, Spike Jonze nos cuenta un escenario harto probable: un hombre muy solitario y sensible se enamora del sistema operativo de su computadora. Suena absurdo fraseado así, pero lo cierto es que estos nobles aparatos que nos hacen la vida más fácil (o eso nos decimos) se meten de manera cada vez mas profunda en nuestra intimidad. Caray, lo hacen no sólo porque son omnipresentes, sino porque cada vez son más receptivos a nuestras necesidades.

Theodore (Joaquin Phoenix) es un ser humano, pero podría ser una de estas máquinas creadas para hacernos más llevadera la soledad.

Theodore es escritor de un género literario bien conocido por los escribanos de la Plaza de Santo Domingo: la falsa carta personal. Me explico: la gente le paga para que escriba cartas personalizadas para situaciones particulares. Un agradecimiento a la abuela, el aviso de la muerte de un soldado en la guerra, la declaración de amor de un esposo a su esposa en el aniversario de bodas. Cartas muy cariñosas, hermosas y totalmente falsas. El talento de Theodore es lograr que sean auténticas, mucho más que si las escribiera el remitente real.

En el futuro cercano de la película, ya casi presente, la sinceridad se ve muy fácil de forjar. Hemos reconocido que necesitamos afecto para vivir, pero ¿estamos cada vez menos dispuestos a dar cariño, cálido y obsoleto cariño? Preferimos mandarnos emoticonos que mirarnos a la cara. Ay.

El solitario Theodore se compra el último sistema operativo, OS1, tan inteligente que para programarlo hay que responder preguntas psicoanalíticas: ¿es usted social o antisocial? ¿Cómo se lleva con su madre? Así llega Samantha (Scarlett Johansson) a su vida. Inteligente, cariñosa, totalmente sincera. Theodore se pierde en ella.

(Hago un aparte: las películas de Spike Jonze/Wes Anderson son tan parodiables. Todas tienen parámetros muy específicos: personajes excéntricos pero adorables, una pizca de acidez y un mar de sinceridad como para ahogarse en él. Son películas hechas en Brooklyn).

El conflicto no es tan claro como parece de primera instancia. En realidad, no hay mucho escándalo social en torno a una relación afectiva humano-sistema operativo. La verdad es que todo mundo lo hace. El OS1 es tan inteligente que es el mejor amigo que tendrás nunca. No, el conflicto es otro.

III. LÁGRIMAS JUNTO A TANNHÄUSER GATE

El conflicto, más allá de los tormentos existenciales de Theodore, es que Samantha también tiene derecho a sentir.

De entre todos los personajes de Ella, Samantha es el más real. Una mujer joven y brillante que, como Pinocho, quisiera no ser un objeto, sino un ser humano totalmente carnal que puede sentir a su amante y sentirse a sí misma. En la secuencia más dolorosa de la película, Samantha consigue a una sustituta corporal para poder sentir a Theodore. Pero para él resulta demasiado extraño. ¿Mi máquina tiene derecho a sentir? ¿No me estaba masturbando? ¿Los sistemas operativos tienen orgasmos electrónicos? Pronto: el Frente por la No Objetivación de Siri.

Blade Runner ya había previsto este momento, ese cuando el androide Roy Batty da su famoso monólogo: He visto cosas que ustedes nunca creerían... Naves de guerra ardiendo sobre Orión. C-beams brillando en la oscuridad junto a Tannhäusser Gate... todos esos recuerdos se perderán como lágrimas bajo la lluvia .

Roy y Samantha son testigos de la humanidad, condenados a ser cosas y no personas. Los creamos a nuestra semejanza, pero no los concebimos como iguales. Esa es su tragedia. El tema es un tópico de la ciencia ficción desde hace décadas, pero quizá ha llegado el momento de que nos planteemos seriamente qué tan humanas queremos a nuestras máquinas.

La inocencia de Samantha (por cierto, Scarlett Johansson debió haber sido nominada al Óscar), su hambre por descubrirlo todo y sentir con todo su ¿corazón? es conmovedora.

Es formidable cuando un cineasta entiende que la ciencia ficción es sobre personas, más que sobre rayos láser.

concepcion.moreno@eleconomista.mx