Hace ocho años que comencé a escribir esta columna. La idea original, como la pergeñamos Manuel Lino, mi entonces editor, y yo, era que éste fuera un espacio para hablar del arte sin ataduras. El arte no está en las galerías, ni solamente en los museos, ni en ninguno de esos espacios solemnes y aburridos en los que siempre nos han dicho que está. Espacios, por cierto, en los que si cuestionamos lo que ahí se exhibe nos llaman ignorantes o estúpidos.

El arte puede ser el hermoso cartel de la película Tron, la original, o puede ser Las señoritas de Avignon de Picasso (espíritu patronal de esta columna). Esta columna se llama Garage Picasso porque el arte puede estar en los lugares más inesperados, inclusive en tu garage.

De aquel 2007 en que la empecé a escribir a estos días, la columna se ha transformado y en ella hablo de todo lo que a mí me parece arte: cine, sobre todo, pero también libros de todo tipo, programas de televisión e inclusive momentos personales de experiencia estética en la calle.

Antes a cada cosa que reseñaba en este espacio le daba una calificación: el PGP o Potencial Garage Picasso. ¿Qué significaba? Bueno, era mi manera de decir qué tan memorable me parecía lo que había visto, qué tan fantástico como encontrarse un Picasso en la cochera.

Dejé de hacerlo por razones de espacio y porque mi criterio para calificar obras de arte ha cambiado un tanto: no todo lo memorable es bueno, algo puede ser inolvidablemente malo, y en la cochera también hay mucha basura. Pero por esta única vez lo retomo. Voy a hablar de 31 minutos, uno de mis programas de televisión favoritos. 31 minutos tiene un PGP de 10.

¿Qué es 31 minutos? Creo que es lo mejor que le ha pasado a la televisión latinoamericana en décadas. No es una novedad para muchos de lo que leerán esto: Pero, Concha , me dirán, ese programa tiene 10 años de viejo. ¿A poco no lo habías visto antes? .

Calma, pueblo. Claro que pasé tardes deliciosas viendo 31 minutos en el Canal 11. Qué buen negocio hizo el 11 con ese programa que parecía una copia más de Los Muppets y que resultó tener vida propia.

A quien no conozca 31 minutos, le explico: es un programa chileno de marionetas; un noticiero que dura, precisamente los 31 minutos del título. Dicho así, suena a cualquier cosa: no lo es. El show es una parodia completa del mundo de los noticieros, y lo más interesante es que venga desde un país donde los noticieros fueron censurados hasta el absurdo durante la dictadura. Es creación de los comediantes Pedro Peirano y Álvaro Díaz.

El noticiero es la principal fuente de información que tienen los habitantes de la reputada ciudad de Titirilquén, conocida como la ciudad o ese hoyo apestoso . Titirilquén es una versión apenas disfrazada de Santiago.

Al frente del noticiero está Tulio Triviño, quien según El libro gordo de 31 minutos (guía definitiva del programa editada por la casa chilena Andrés Sanhueza) es un chimpancé con ojitos de botón. Lo que importa de Tulio es que no tiene idea del periodismo, a duras penas controla el programa, pero es todo un playboy que se da, desde luego, la vida de una gran celebridad. Tulio es un cretino, pero un cretino adorable. Lo que más le gusta hacer en la vida es tocar la armónica y su canción favorita es Everybody loves somebody sometimes , la versión de Dean Martin.

Como contraparte del ridículo Tulio está Juan Carlos Bodoque, un conejo rojo que es el reportero estrella del show. Bodoque es arriesgado como reportero de guerra, pero también perezoso como oso hibernando, una mezcla explosiva de personalidad. Bodoque es mi personaje favorito: ah, se conoce a tantos reporteros como él.

En el noticiero hay otros personajes como Policarpo, el reportero de espectáculos que siempre presenta el top de la música pop, que curiosamente siempre está conformado por sus familiares y amigos cantando alguna idiotez. Idioteces, por cierto, muy pegajosas. Todos los segmentos de 31 minutos están muy bien hechos pero éste de la música es una joya. Hay canciones sobre abogados que hablan como idiotas , otra que va de un niño al que le cortaron mal el pelo, y las más famosa: Mi muñeca me habló , covereada por un grupo rock mexicano, Las Wuanderbra.

Está también el CalcetínConRombosMan, el que es quizá el personajes más querido del show. En su segmento defiende a los niños de los abusos y declara al final algún derecho básico de la infancia. Lo chistoso es que cada vez que aparece se oye su tema musical heroico y eso hace que el momento pierda todo didactismo. 31 minutos es un pedazo de arte. Para todo aquel que piense que la comedia para niños ha de ser boba y obvia, este show es una bofetada.

Busquen El libro gordo de 31 minutos, es una maravilla por sí mismo.