En la pintura de Samuel Meléndrez Bayardo hay una fuerte carga de melancolía. El tratado arquitectónico y escultural de sus cuadros es impecable. La potente luz artificial, como si se tratara de una lámpara de estudio ficticia, entra en disputa con los atardeceres y las noches detenidas en el tiempo al fondo de los cuadros; proyecta las sombras de los muros, las esculturas, los bajorrelieves y los objetos sueltos que son rastros de una presencia humana que se ha marchado: un par de zapatos vacíos frente a la ventana, las maletas abandonadas en el aeropuerto, los juguetes infantiles a la deriva, la voluminosa presencia de los aviones y los trenes que sugieren la irrupción del movimiento al interior de esa paradoja del tiempo imperecedero en los cuadros del tapatío. Su obra provoca pensar en el trato especial de la luz, hasta convertirla en un elemento categórico en un cuadro de artistas como Giorgio de Chirico o Edward Hopper.

Ése es el discurso de los 14 cuadros que Meléndrez Bayardo presentó la noche de este miércoles en el Museo de la Ciudad de México durante la inauguración de la exposición Homenaje a la memoria, misma que fue motivo de la conversación que El Economista sostuvo con el artista plástico integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte del Fonca.

—¿Es la primera exposición individual de esta magnitud en la Ciudad de México?

Es la primera exposición en un espacio de esta importancia como lo es el Museo de la Ciudad de México. Ya había tenido otras exposiciones anteriormente, pero no con tanto impacto.

—¿Por qué se trata de un Homenaje a la memoria?

Siempre he pensado que la ciudad posee una belleza oculta, insospechada. Más allá de la parafernalia arquitectónica, industrial o publicitaria, siempre he creído que es un enorme contenedor de experiencia vital, es decir, los edificios están cargados de vivencias y recuerdos. A través de la arquitectura, hago un homenaje a la memoria.

Me interesa transformar el estruendo de la ciudad en un remanso de quietud exacerbada. Siempre he creído que todos, en un momento de nuestra vida, hemos fantaseado con la posibilidad de poder detener el tiempo como una manera de vencer la incertidumbre y hemos fantaseado con la posibilidad de habitar una especie metafísica de paraíso perdido.

Mi obra alude a la dolorosa conciencia del paso del tiempo. Siempre he creído que una de las principales tragedias del ser humano anida en la permanente evocación del tiempo perdido.

Me interesa el problema de las ausencias. El sentimiento de pérdida. Es como si quisiera hacer una especie de conjuro para evocar fantasmas del pasado.

—Hay referencias eróticas en varios de tus cuadros...

Es parte de la experiencia vital de todos los seres humanos. En general, mis referencias a la sexualidad, el amor y el erotismo las había manifestado de manera sutil, aunque por la característica de ciertos objetos a veces el mensaje es muy directo. Por ejemplo, me gusta hablar de la pieza “Amor y muerte”(2015) porque ya hay una referencia específica de las pulsiones de vida y muerte: el Eros como principio creativo de vida y el Tánatos, la muerte como principio destructivo. Pero también la pieza es una crítica a una sociedad sobreerotizada.

También me gusta hablar del voyeurismo como un estímulo de la mirada ante motivos sexuales activados por la energía libidinal. El voyeurismo como una respuesta biológica y no como una perversión, pero también una alusión a la terrible neurosis que padece el individuo de a pie en las sociedades occidentales debido al constante bombardeo de estímulos de carácter sexual, pero al mismo tiempo aprisionado en una jaula de represión sexual y moralista.

Destaca la presencia de aviones en muchos de los cuadros, ya sea una batalla aérea de fondo en una escena, un aeroplano que se ha estrellado en la playa, una mujer montada sobre la turbina de un avión o varias escenas en los aeropuertos. ¿Por qué pintar aviones?

Más que aviones me gusta pintar medios de transporte. Hay una fijación muy marcada por trenes, aviones y barcos. Para mí los transportes son elementos que en una primera lectura aluden al mundo infantil, del juego y la ensoñación, pero también son una afirmación de la áspera irrupción de la máquina y la tecnología en la vida de los hombres. Formalmente funcionan en la pintura como elementos ruidosos en un contexto dominado por el silencio, la estaticidad y el ambiente estéril. En una tercera lectura, son una referencia al viaje, a la separación y al sentimiento de pérdida.

—¿Has evolucionado el discurso de tu pintura o lo has mantenido?

Me he mantenido muy fiel a mi estilo. Hay una constante en cuanto a los temas y la forma de pintar desde mi primera exposición hasta este momento, aunque recientemente he estado explorando con otras temáticas. Tengo la intención de hacer un giro. Esta exposición es un punto final a mi obsesión por pintar escenas urbanas y elementos arquitectónicos para empezar a trasladarme a temáticas de tipo social que reflejan una preocupación más marcada por asuntos de carácter histórico.

Colecciones como la del Museo de Arte Moderno se han hecho de piezas tuyas. Empiezas a proliferar tanto en exposiciones individuales como colectivas. ¿Cuál es tu sentir por el interés de los mecenas públicos y privados por tu obra?

Es una etapa muy afortunada de mi vida. Después de tantos años trabajando, es muy satisfactorio que empiecen a consolidarse los logros. Eso me brinda tranquilidad para seguir produciendo y enfocándome a los proyectos que tengo en puerta. Es un anhelo de todos mis colegas, los artistas, poder vivir de su trabajo. Cuando lo logras no tienes nada más que agradecerle a la vida.

La exposición Homenaje a la memoria, inaugurada en la víspera, permanecerá en el Museo de la Ciudad de México, José María Pino Suárez 30, Centro Histórico, hasta el 3 de febrero del 2019.

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