Hace algunos años, los hermanos A, B, C y D -tres de ellos magníficos artistas- heredaron una casa de campo dentro de una hectárea de terreno en Avándaro, al lado de Valle de Bravo, Estado de México. Bien a bien no recuerdo si en esos días la quisieron vender y no encontraron comprador, o si desde el principio decidieron construir unas cabañas para rentarlas los fines de semana y vacaciones. El hecho es que el lugar quedó muy cuco y un amigo común se encargó de su administración.

Con el paso del tiempo, sin embargo, la renta de cabañas dejó de ser negocio en dicha zona, entre otros motivos porque decenas de personas, tanto lugareños como fuereños, sobreexplotaron los diversos servicios turísticos, de manera que la oferta fue mayor que la demanda y, lo que en su momento era una pequeña empresa próspera, pronto no alcanzó ni para pagarle a su administrador.

El amigo en común se regresó a vivir al DF mientras D, un tanto harto de la ciudad de México, convenció a M, su esposa, de probar suerte en Avándaro, en donde, además de la renta de las cabañas, podían dar clases de teatro y música -en el caso de ella-, y de ciencias y literatura -en el caso de él.

Hará cosa de cuatro o cinco años, D empezó a recibir llamadas telefónicas de un tal Zacarías, de un tal Zenaido, que le exigían dinero a cambio de protección, por lo que mi amigo tomó la decisión de no responder a llamadas de números desconocidos durante algunos meses, cerrar su negocio que, para esas alturas, apenas si pagaba los gastos de mantenimiento de las cabañas, y andarse a las vivas para no ser sorprendido por algún Zeta o supuesto Zeta.

D y M, no obstante, siguieron dando clases, haciendo música, escribiendo libros y si desde entonces viven justos de dinero, tampoco sus necesidades son muchas.

Y aquí comienza la parte alucinante de esta historia: la semana pasada, mi amigo recibió la llamada telefónica de un supuesto integrante de La Familia (¿Michoacana?) que se presentó como jefe de logística y seguridad del municipio, pues como sabe , le dijo la voz, la autoridad somos nosotros , además de que hemos mantenido la plaza tranquila y así la queremos mantener .

Por ello, el sujeto conminaba a D a pagar su impuesto correspondiente , a lo que mi amigo le contestó:

Lo voy a pensar, llámeme a las 4 de la tarde para que le dé una respuesta.

Lo voy a llamar a las 5,000 le reviró el presunto, dando a la vez el supuesto horario militar y si no contesta, lo voy a tomar como una negativa.

AGREGÓ:

No queremos llegar a los extremos de hace unos días en Metepec (en la tercera semana de marzo una banda criminal quemó una camioneta y decapitó a siete personas).

A las 5 de la tarde que es la hora que se supone iba a llamar otra vez el cobrador no sonó el teléfono; sonó antes y después, pero no a las 5,000, aunque en realidad, pienso, debería de haber dicho 1,700.

¿QUÉ HACER?

Tal vez Felipe Calderón, jefe del Ejecutivo; Eruviel Ávila y Alfredo Castillo, gobernador y procurador de Justicia del Estado de México, respectivamente; Genaro García Luna, secretario de Seguridad federal, tengan alguna respuesta.