Una de las Traviatas más conmovedoras, tal vez no de tanta calidad en el arte del canto como en otras versiones, es la que presenciamos el sábado 14 de abril en transmisión en vivo desde el MET de Nueva York; fue una actuación plena de sentimiento de la soprano francesa Natalie Dessay en el papel de Violetta Valéry, en el marco de una puesta en escena creativa vistosa...

Con La Traviata asistimos al cierre de temporada 2011-2012 del proyecto The Met HD Live. Quedó encantado el público, que casi llenó el Auditorio Nacional para presenciar esta versión de La Traviata de Verdi, que fuera presentada en el Festival de Salzburgo, en el 2005.

Para esta ocasión, en el escenario del Lincoln Center, el productor Willy Decker importó no sólo la escenografía, el reloj gigante, las coreografías, sino hasta las batas rebosantes de flores rojas que luciera en Salzburgo la pareja de moda de ese entonces, Anna Netrebko y Rolando Villazón, quienes llevaron los papeles protagónicos.

DE TIBIA A ENTRAÑABLE Y VICEVERSA

Esta vez en el Met, Dessay encarnó a Violetta Valéry; el tenor estadunidense Matthew Polenzani hizo el papel de Alfredo Germont, y al barítono ruso Dmitri Hvorostovsky toco el de Giorgio Germont.

Pero el arranque fue un tanto frío: a la soprano Natalie se le notaba incómoda, tardó en apropiarse del papel, sentirse realmente Violetta Valéry para jugar y hacer trizas a los hombres. Aunque la espera fue ampliamente recompensada porque la francesa fue subiendo el nivel hasta decantar (en el acto III) en una actuación soberbia, en la que dejó salir todo ese aprendizaje que tuvo en su juventud cuando pretendió ser actriz.

Fue un tercer acto conmovedor, sobre todo cuando Valéry lanza un grito salido de sus entrañas al enterarse que Alfredo irá a verla para pedirle perdón, pues sabe por boca de su padre de la verdad del sacrificio de ella; pero la aclaración del viejo Germont a su hijo ¡ha llegado demasiado tarde! , con esta frase resume este sentimiento de frustración, de rabia, ante la fatalidad de la vida (esa perversidad de la materia) que a veces se impone con mano de hierro: ella ha conseguido vencer al infortunio, pero ya para qué… A Violetta le quedan unas pocas horas de vida.

En sentido contrario al de Dessay camina el trabajo de Polenzani (Alfredo), quien tiene un primer acto genial en actuación y en canto (el dueto de Libiamo y el Un dì felice , etérea), pero que termina desdibujándose hacia el final de la obra, cuando la fuerza dramática de Natalie Dessay se impone de manera rotunda.

Polenzani también participa en una escena harto vulgar y machista, que Willy Decker debió haber evitado: después de que Alfredo juega y gana mucho dinero arroja los billetes a la cara de Violetta, le levanta la falda y se los mete con violencia por ahí. Corrientadas aparte, el que definitivamente se llevó la función fue el barítono ruso Dmitri Hvorostovsky, que tuvo una actuación impresionante en el manejo de su línea de canto de principio a fin que le valió no sólo la ovación más prolongada, sino la aclamación más entusiasta que superó incluso a la francesa Dessay.

Se trata de una puesta en escena con un escenario acotado por un semicírculo abierto hacia el público, cuyas paredes lucen en tonos claros. Este espacio se convierte, por la magia de algunos muebles y la estupenda iluminación, en un mirador, sala de juegos, salón de baile, jardín, alcoba. Su único adorno es un reloj.

Porque hay tres elementos que se mantienen constantes en esta versión deckeriana y que actúan a lo largo de la representación como eje: un reloj que va marcando el tiempo que a Violetta le queda de vida, el vestido rojo que funciona como símbolo de su vida mundana. Un único caballero que irrumpe a lo largo de la obra, que parece la representación del destino e incluso de la misma muerte que espera a Violetta.