En 1994 Manolo Mejía me invitó a verlo torear miuras en el Coliseo Romano de Arles, Francia. El día de nuestra partida, el matador actuó en la Feria de Texcoco y de ahí viajamos a la ciudad de México para volar a Madrid; de la capital española tomamos otro avión rumbo a Marsella, en donde nos esperaba el diestro francés Michel Lagravere -hoy avecindado en Mérida, Yucatán, y padre de Michelito, el niño torero mexicano que gana titulares cada vez que torea-, quien nos adentró en el mundo taurino de su país tanto en lo que se refiere a la tauromaquia a la usanza española (en Francia la llaman La Corrida y es la misma que se practica en México) como a las corridas landesas y camarguesas, cuyos orígenes se remontan a la cultura minoica o cretense con, al menos, 5 mil años de antigüedad.

Tales recuerdos vienen a cuento porque el Ministerio de Cultura francés acaba de declarar a los festejos taurinos parte de su Patrimonio Cultural Intangible, lo que significa que, además del respeto que los franceses tienen por sus tradiciones y artes, que ningún grupo de absolutistas pueda, en un futuro próximo o lejano, prohibir las corridas de toros en el sur de Francia.

De aquel viaje me quedé con varias impresiones gratas. Por ejemplo, me llamó la atención que una fiesta (a la usanza española) con apenas un siglo de haberse instaurado en Francia, se adaptase de manera tan natural a la idiosincrasia francesa. Por ejemplo, asistí a dos tientas, una en la ganadería de O. Fernay y, otra, en la de Hubert Yonnet, y en ambas se tentaron vacas en puntas y nadie, lo que se dice nadie (me refiero a los franceses), pensó que se podía cortar el diamante de los cornúpetas para proteger al torero, al novillero, al aficionados práctico y, ya en la plaza, los toros eran justamente eso, toros (con sus cuatro años cumplidos, trapío y sus astas íntegras), y la afición francesa se asemejaba más a un público que asiste a la ópera que a uno que va a una fiesta de sol y sangre.

En el Coliseo de Arles, antigua arena romana con 2 mil años de historia y en la que los matadores salen por la otrora puerta de donde emanaban los leones a devorar cristiano, vi varias corridas en las que los aficionados se programaban mentalmente según lo que se anunciara.

Por ejemplo, en un cartel conformado por José Mari Manzanares, César Rincón y Enrique Ponce, con toros de Sepúlveda, la afición se comportaba intimista, racional y silenciosa, torerista al cien por ciento, pues era de suponerse que en cualquier momento surgiría el duende en tal o cual detalle. Pero en la corrida de miuras, en la que Mejía alternó con El Fundi y Rodrigo Valderrama, esa misma afición se volvió torista y expectante de una probable tragedia.

También me tocó contemplar, bajo una tormenta de nieve, una de las mejores faenas de Joselito a un toro de Domecq, y me importó un carángano cómo se comportaran el resto de los mortales.

Lo anterior en lo que se refiere a la tauromaquia española que se vive en el sur de Francia como si tal fuera el sur de España, pero sin los cuentos que los andaluces suelen verter en su fiesta, en tanto que las corridas landesas y camarguesas, en la que se juegan toros, valga la redundacia, camargueses (más pequeños que los de lidia, más correlones y con una cornamenta simpática que apunta al cielo), un animal muy parecido al que las sacerdotisas cretenses, con los pechos al aire, saltaban para complacer al mítico Minotauro, los jóvenes franceses hacen con ellos todo tipo de suertes a cuerpo limpio (galleos, quiebros, saltos, etcétera) para mostrar su destreza y gallardía, algo que seguramente también aquilató el Ministerio de Cultura de Francia como parte de su patrimonio intangible.

A todo esto, ¿qué pensarán los aficionados taurinos catalanes a quienes, desde hace meses, sus legisladores les prohibieron su fiesta para querer parecerse a Europa?