Los juegos del hambre es una novela distópica ahora adaptada al cine con gran éxito (y algunos cuestionamientos pertinentes que publicó Manuel Lino ayer en este diario).

El tema principal de la historia es una suerte de reality fatal donde los participantes deben eliminarse (literalmente) hasta que uno, el único sobreviviente, resulta triunfador.

El título, sin embargo, para algún politizado distraído, podría implicar más de un paralelismo con la batalla electoral que nos atañe.

No sólo en los aspectos obvios, el reality, la competencia, lo virulento, la eliminación y el triunfador único; sino también en muchos otros.

Pensemos primero en la palabra hambre, que bien podría recordar algunas posturas y palabras dramáticas de las campañas de AMLO y Peña Nieto, con sus reiteradas menciones a la pobreza como motivación, inspiración o pretexto.

En la novela, buena parte de los habitantes de los distritos lejanos a la todopoderosa Capital, mueren de hambre, mientras a los competidores se les alimenta con todo tipo de manjares y la promesa de riqueza y bienestar sin fin para los suyos si salen triunfadores.

En nuestros juegos, los candidatos no vienen de partidos precisamente muertos de hambre, pero la promesa implícita en el triunfo sí lleva algo de riqueza y bienestar para los suyos, no de balde le llamamos hueso .

Los habitantes de la novela son obligados a recetarse los juegos, quieran o no, más como un acto de dominación política-psicológica por parte del gobierno central.

En México no vivimos una dictadura así, pero sí nos vemos obligados a soplarnos los infames spots de la contienda, interminable repetición de eslóganes trillados en carteles y espectaculares repitiendo lugares comunes de compromisos y cumplimientos, diferencias y cambios, con amor o abrazos sonrientes.

A la población no se le recuerda el dominio de la Capital sobre los distritos vencidos en una lejana guerra, sino el de la decadente clase política que se recicla de un partido a otro, siempre hambrientos, pero de poder. El tema no es si se comprometen y dicen que cumplirán, aunque sepamos que son promesas de campaña tibias y llenas de buenas o difusas intenciones. Lo terrible es que no tengamos otra alternativa que valernos de ellos, hipotecando nuestra esperanza en el menos peor, nos quieran cumplir o sólo decir que lo hicieron, decirnos que son diferentes o el cambio verdadero, para luego ser y hacer lo mismo.

Son juegos cerrados a los demás, que no pueden participar ni siquiera a través de un sorteo fatal, con dados cargados, si se pretende dar alimento a sus familias, como en la novela de la Collins.

Acá se puede participar con el voto. Aunque a veces se cambie éste por un apoyo o una torta, es un arma colectiva que funciona mejor en sociedades capaces de actuar en forma colectiva, sin linchamiento, concierto o futbol de por medio.

Dice un diario que siete de cada 10 jóvenes están poco o nada interesados en las campañas. El tono suele ser de censura ante la apatía generacional; o su contraparte evidente: un comentario sobre el poco entusiasmo que despierta esta generación de contendientes y sus ofertas.

Por lo menos en Los juegos del hambre los jóvenes seguían el combate con devoción, a medio camino entre el morbo y la inquietante posibilidad de que podría tocarles la próxima vez.

Los ciudadanos de nuestros distritos también temen la rifa, pero para resultar funcionarios de casilla.

En ambas competencias se da una importancia desmedida a la imagen, cada competidor o candidato se rodea de asesores que ajustan aquí y allá para vendernos algo que no son, pero que puede ser más atractivo que la realidad.

Dejo los últimos paralelismos como provocación. En Los juegos del hambre compiten muchos, pero sólo unos pocos pueden ganar. Las apuestan respaldan a los participantes ricos, entrenados desde la cuna para ese momento. Son la élite, los profesionales, y suelen ganar. Recursos, preparación y alianzas mezquinas de por medio.

El resto no tiene chance, a menos que por ahí se dé una sorpresa y un participante que se daba por vencido saque las uñas, ponga un acto atractivo para los espectadores y sea capaz de dar la campanada frente a reglas que parecen imbatibles y un árbitro sin autoridad moral.

Las encuestas parecen augurar un resultado similar en nuestros juegos, el favorito tiene las riendas y los números en la mano, si el último paralelismo se da, mucho cuidado con dar estos juegos por terminados antes de tiempo, recuerden quién gana en la novela.

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