Quiero escribir algo inteligente sobre el fin del mundo y se me ocurre pura banalidad. De hecho, en los últimos meses he buscado pergeñar algo lúcido sobre cualquier cosa y sólo pienso tonterías, chistes, gags, comentarios propios de películas de Juan Orol, de El Santo o de Zobek. No sé si ello se deba a mi adicción a Facebook, a la serie televisiva Alienígenas ancestrales o a ese vicio de reírme de aquello que es susceptible de burla, ironía u observación pertinente para uno e impertinente para los demás.

En todo caso, hago tal señalamiento para que nadie se sienta engañado al leer este Marcapasos que, en su afán por disertar sobre temas de actualidad, tratará sobre la rotunda estupidez que ocupa e, incluso, preocupa, a un buen número de terrícolas: la supuesta profecía maya del fin del mundo que tendrá lugar el próximo viernes, no se sabe a qué hora.

También debo decir que a mí, que me gusta ver los toros en el ruedo mismo y conste que no hablo del nombre de una cantina sino del sentido metafórico y literal de los términos , en cuanto me enteré del susodicho vaticinio, quise tomarme unas vacaciones en la Riviera Maya para, con un ron en la mano, un cigarrillo en la otra y con Mónica a mi lado en ese orden , ser de los primeros en subir al platillo volador que, con seguridad, salvará a unos cuantos elegidos que se encuentren en el lugar de los hechos.

Sin embargo, una mala previsión económica nos obligó a Mónica y al de la voz a cancelar el anhelado viaje no me gusta tener deudas y menos si sé que no las voy a pagar . En cambio, mi hermana Rocío, que es más juiciosa que yo, se fue con sus hijas a India para estar lo más lejos posible del fin del mundo y volver a México cuando todo haya pasado.

Así, sentadas las bases de mis creencias, limitaciones y deseos, me pregunto por el porqué tanta gente busca conocer el futuro, gusta de las apocalipsis y está dispuesta a creer en los gánster contra charros de Orol, en las mujeres vampiro de El Santo o en los enanos caníbales de Zobek.

Y tras una sesuda reflexión me respondo: porque es más fácil creer en lo increíble que asumir que a lo largo y ancho del país hay unos tipos peores que cualquier hombre lobo o momia de Guanajuato peleándose el país mismo, que el PRI regresó a Los Pinos y que nadie, con un poco de credibilidad, puede augurar para la clase no política o para los pobres un futuro próspero en los años venideros.

Esto, en lo que respecta a México, pero en el extranjero las cosas no son distintas. En Estados Unidos, por ejemplo, es mejor imaginar el fin del mundo que prohibir la venta de armas a cualquier sujeto capaz de creer que una civilización, hoy reducida a la miseria, fue capaz de adivinar el futuro de la humanidad.

Y así podría ir país por país, continente por continente, hasta llegar a la conclusión que, en efecto, nos merecemos el fin anunciado porque en milenios no hemos logrado colocar a la razón por encima del instinto y el bien colectivo sobre la mezquindad y la barbarie. En otras palabras, si las películas de Zobek fueran un reflejo de la realidad, el héroe no sería el que quiere salvar al planeta, sino los monstruos, sean terráqueos o extraterrestres, que buscan su destrucción.

Pero, ¿y si fuera cierto que el viernes se acaba el mundo? ¿Existirá el paraíso? ¿El infierno? En resumen, ¿resucitaremos en otra realidad? Por lo que he leído y tras analizar las reformas estructurales que dicen que el país necesita, votadas, a su vez, por los tres partidos políticos mayoritarios, me parece que no, que a lo más nos utilizarán de extras en algún filme de bajo presupuesto, cuyo protagonista podría ser El Hijo del Santo.