Hace una década, Jaime Rojas Palacios, de 76 años y aquejado por diversas enfermedades, aunque lúcido e irónico, decidió que pronto iba a morirse.

No se suicidaría, qué va.

Eso implicaba cierta dosis de dolor y lo de él siempre fue el placer, los gozos mundanos, el teatro, los viajes, la música, los toros, la literatura y los muchachos guapos, aunque creo que en esto último agarraba parejo.

Se le ocurrió entonces hacer un libro, Dialogando con mi historia. Autobiografía (2003, MC Editores), y le pidió a varios amigos que lo entrevistaran sobre algunos de sus gustos, aficiones y obra, lo que a la postre resultó un compendio con fotografías, carteles, estadísticas y anécdotas de aquello que consideraba importante, digno de compartirse.

Yo, en aquella época, aún pontificaba con el pseudónimo de Pepe Malasombra sobre la llamada fiesta brava, por lo que Jaime, que me sabía igual de cínico que él, me encargó que me ocupara del capítulo Los Toros y, para ello, nos reunimos en varias ocasiones en su casa de la Roma Sur, en la que, atado a un tanque de oxígeno, entre otras muchas cosas me comentaba:

En general he disfrutado a todos los grandes: Armillita, Garza, El Soldado, Arruza, Solórzano… Después vino la época de Los Tres Mosqueteros, que fue una brillantísima temporada de novilladas en 1948 con Manuel Capetillo, Jesús Córdoba, Rafael Rodríguez, Paco Ortiz… Luego, en los 60, vienen los tres eternos: Manolo Martínez, Eloy Cavazos, Curro Rivera, con el complemento de Mariano Ramos. Éstas fueron buenas temporadas aunque repetitivas .

Y puntualizaba:

Para mí, sin embargo, ya empezaba a gestarse la crisis actual. Yo hice un primer ciclo de conferencias en 1969 y lo llamé ‘¿Crisis en los toros?’. Entonces me dijeron: ‘Muchachito amargado, estúpido, cómo vamos a estar en crisis si estamos mejor que nunca’. Crisis no es que esté mal algo, es que empieza descomponerse; ahora, ya es el deplore total. Ya no es crisis, es descomposición, degeneración radical .

A partir de ese año 69, Jaime Rojas Palacios se convirtió en un animador continuo de la fiesta de los toros organizando, regularmente, ciclos de conferencias con los protagonistas -toreros, ganaderos, críticos, aficionados, etcétera, aunque, hay que decirlo, tales reflexiones sirvieron de poco, pues la tauromaquia mexicana mantuvo su lenta decadencia, sobre todo en cuanto al tipo de ganado que se lidia en las plazas.

Así, a la par de que a Jaime le gustaba darle escenario a los pensamientos del otro, él fue un autor taurino no ajeno a la polémica.

Escribió, por ejemplo, una pieza teatral que se puede considerar un clásico en el género de la dramaturgia taurina nacional: Y quisieron ser toreros.

Luego, en coautoria con Ignacio Solares, hicieron un libro antológico que dice la leyenda que se los robó Pepe Alameda en su trabajo Crónica de sangre y que, una semana después, Jaime y Solares publicarían con el título de Las cornadas, obra que se convirtió en best seller.

También Rojas Palacios llevaría a imprenta una compilación de sus artículos periodísticos, La tauromaquia; haría una crítica agria en Los empresarios y me parece que dejó un libro inédito con el nombre de México, tierra de toros.

El gusto de Jaime Rojas Palacios por la tauromaquia también lo llevó a formar el Grupo Las Corridas, en el que sus miembros calmaban el ansia de gloria en festejos en los que se toreaba con carretilla, escribió y grabó en disco pasodobles de algunas figuras de la fiesta, fue apoderado de novilleros, amigo íntimo de toreros, conoció las plazas taurinas más importantes del planeta y siempre estuvo rodeado de gente dispuesta a echarle el capote en cualquiera de sus proyectos.

Aunque hace algún tiempo que no nos veíamos, me enteré que Jaime acaba de fallecer. Estas palabras son sólo para brindar en su memoria.

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