Contar historias. Condensar breves relatos capaces de generar grandes emociones. Promover la lectura y romper con el estigma de lo inaccesible de las letras. Impulsar a nuevos escritores, facilitar la difusión de sus historias. Cerrar, pues, las brechas entre la creación literaria y el público. Todo eso, en uno, tres, cinco o siete minutos. No parece ser un trabajo fácil, pero debe lucir como tal, al menos, fácil de digerir.

Ese es el cometido del proyecto Ipstori, una aplicación por medio de la cual todo interesado o curioso por las pequeñas-grandes historias puede encontrar un catálogo de 522 narraciones cortas y 46 series de hasta 30 capítulos, por escrito o bien, narradas por actores profesionales. No hay día que no se suba una nueva narración a la plataforma.

Las historias y series están divididas en nueve categorías a manera de géneros con títulos como “Hace tiempo”, para el género histórico; “LGBTQ+”, en el caso de los temas de diversidad; “¡No mames, güey!”, para las historias de misterio; “De(s) amores”, para las románticas; “¡Qué trip!”, en el caso de la ciencia ficción; “Universos paralelos”, para las narraciones fantásticas; “Así, tal cual”, en el caso de la crónica; “Jorni”, para los relatos eróticos, o simplemente “Jajajaja”, para las narraciones humorísticas.

Formar nuevos públicos

El proyecto fue echado a andar en octubre pasado por la escritora Ruth Reséndiz Beltrán y su socio Pablo Barbachano, quienes, desde la gestación del proyecto, tenían claridad sobre el cometido del proyecto y sus dos pilares: formar públicos y generar un espacio para nuevos autores.

“¿Por qué formar públicos? Porque si tú nada más haces campañas de lectura o distribuyes libros y el público al que te diriges no tiene el hábito de la lectura, aunque le regales los libros, no los va a leer. Y justamente como nuestro objetivo era la formación de público, le dimos un toque irreverente usando los mismos géneros literarios, pero nombrándolos de diferente modo, para no caer en ningún estigma”, comparte la fundadora.

“Además, queríamos generar una plataforma para publicar a muchísimos autores que no tienen acceso a las editoriales. Cualquier texto que trate una historia bien contada es recibido en ipstori. No tiene que ser alguien publicado ni conocido. Aquí la historia es la que va a definir si se publica o no. Cuando vemos una historia potencialmente excelente, sobre todo de autores nóveles, le dedicamos tiempo para tallerear desde el departamento editorial, para que esté narrada lo mejor posible”, agrega.

Y si bien la aplicación se lanzó con un costo de membresía, desde abril pasado se suspendieron los cobros para hacer de esta una herramienta de apoyo para las personas en el confinamiento. Ruth Reséndiz asegura que desde el inicio de las medidas de repliegue, la cantidad de usuarios ha crecido exponencialmente. Está por superar los 47,000 usuarios.

“Se nos han estado acercando plumas reconocidas, de peso, porque también quieren acercarse a esos públicos en formación, pero, además, como son historias breves, muchos escritores que trabajan novela tienen sus cuentos guardados y estos son muy difíciles de publicar porque editorialmente es inviable para las editoriales de impreso, a menos de que salgan en antologías”.

Ipstori se prepara para el lanzamiento de una nueva versión en agosto y la incorporación de nuevas plumas, así como de una categoría más para series con adaptaciones de la literatura clásica y la adición de una serie de talleres de redacción y literarios, por ejemplo, uno que impartirá la escritora Mónica Lavín sobre cuento.

Historias disponibles

Mientras tanto, ya es posible hincarle el diente a historias como La muerte no es lugar para charlar, de Andrea Tovar; Encierros ejemplares, de Myriam Moscona; La espía que me abandonó, de Paula Gil; Tocado por Dios, de Alexis Castro Peñalva, o, en su defecto, El Diablo, de aquel autor que se hace llamar AFRO.

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