Hace unos días, el Tribunal Superior de Justicia del Distrito Federal autorizó el cambio legal de identidad de género a una niña trans de ocho años. Así, recibirá un acta de nacimiento en que no aparezca el sexo masculino asignado, sino la identidad femenina con que ella se identifica. Este fallo corrobora los avances legales en esta ciudad en términos de garantía y respeto de los derechos humanos de la población trans, vigentes desde la reforma de febrero del 2015, que eliminó la necesidad de juicio y de comprobación de cambio de sexo, obligatoria para los adultos en la versión anterior de la ley. El juicio sigue siendo necesario para los menores.

A diferencia del sexo biológico, que se asigna al nacer -clasificación que en sí también puede resultar compleja-, la identidad de género es hondamente personal: remite a la vivencia interior en relación con el cuerpo y con la identidad social; lo que se es y se siente ser. Decir que la persona se siente atrapada en el cuerpo equivocado o que lleva el nombre equivocado es sólo una vaga aproximación a lo que es o puede ser la vivencia de quien, desde una corta edad, se identifica con el género que, según la sociedad, no le corresponde. Mi vida en rosa (1997), una película vieja pero vigente, permite atisbar, con algo de optimismo pese al rechazo social que evidencia, la vivencia de quien es visto como niño y es objeto de expectativas y normas para moldearlo como tal, mientras que él/ella se vive, se ve y siente como niña y quiere vivir según su ser. En este caso, la contradicción entre ser y parecer conlleva incomprensión y discriminación social, porque ni en la familia ni en la comunidad, con excepciones, se acepta a quien transgrede las normas de género.

Lo que está en juego, en más de un sentido, no es sólo la aceptación del otro , sino el cuestionamiento del sistema binario del que se derivan categorías duales para pensar y entender la vida humana y el mundo: cuerpo/espíritu o psique, hombre/mujer, femenino/ masculino, bueno/malo. De ahí el temor o rechazo ante quienes, por su apariencia, conducta o forma de vida, no se apegan a los moldes establecidos, como si su existencia pusiera en peligro el bienestar de la sociedad.

Los prejuicios son tanto más intensos y arraigados cuanto más tradicional es la sociedad y cuanto la diferencia más pone en duda el binarismo y la naturalización del deber ser social. Así, en EU, por ejemplo, pese a la autorización del cambio legal en algunos estados, se han dado juicios en torno al uso de los baños y lockers y al acceso de niñas o niños trans a equipos deportivos acordes con su identidad de género. En México, una futbolista trans que había pasado también por un cambio de sexo llevó a juicio a la Liga Femenil de Futbol, que avalaba las presiones de otros equipos para que dejara de jugar con el suyo, argumentando supuestas ventajas físicas . ¿Qué prejuicios y miedos despiertan el uso del baño o vestidor, o la participación en un equipo de una persona trans? El tema es complejo porque apunta a una idea de moral social y a la forma en que se vive la diferencia en el día a día. Apunta también a la necesidad de reconocer, más allá de las leyes, el derecho a la dignidad, al libre desarrollo de la personalidad y a la igualdad de las personas, reto que la sociedad ha de asumir si busca eliminar la discriminación.

@luciamelp