Fue a finales de 1988. El joven universitario, que cursaba Filosofía en la UNAM, buscaba en las vitrinas de la facultad algunas materias optativas de literatura para completar sus créditos del próximo semestre. Ya había asistido a talleres y cursos con Salvador Elizondo, Beatriz Espejo y con los que consideraba los mejores maestros. No se decidía y Alejandro Lubezki le recomendó:

Inscríbete a las clases de Huberto Batis.

¿Qué imparte?

Un curso bastante curioso que entremezcla lo que sería un taller literario con anécdotas del mundillo de las letras y, si tienes suerte, te publica.

En ese entonces era bastante difícil que el nombre de un desconocido saliera impreso en las pocas revistas que se ocupaban de la ficción, en los suplementos literarios de algunos periódicos o publicar un libro. Así que el universitario le hizo caso a su amigo y, en su primer día de clases, se encontró con un maestro barbado con pinta de conquistador español, de cuerpo macizo y una actitud un tanto aterradora que le gustaba hablar de sexo, de literatura, de los pájaros que se veían tras los ventanales del aula, y mal hablar de personajes públicos y, a la mitad de la cátedra, decir:

¿Alguien trae algún trabajo para leer?

El ahora alumno, que llevaba sus obras casi completas, decidió volverse el hombre invisible en su pupitre y esperar que algún compañero levantara la mano. Lo hicieron tres, y sus poemas y cuentos fueron destrozados por Batis.

Al paso de las semanas algunos compañeros desertaron del curso; otros, con un estoicismo ejemplar, mantenían el temple frente a Huberto, mientras que el alumno, en su condición de hombre invisible, se divertía bastante de clase en clase hasta que el profesor le preguntó:

¿Y tú, escribes?

El otrora hombre visible había sido descubierto, pero aún así se volvió a ver hacia atrás con la esperanza de que Batis le estuviera hablando a otro.

Sí, tú repitió el maestro un poco exasperado , y deja de hacerte el imbécil. ¿Cómo te llamas?

El alumno dijo su nombre, sacó del portafolio un microrrelato escrito a máquina en una hoja de papel y se lo dio a Huberto Batis, quien lo leyó en voz alta y comentó:

Está bien, pero no traerás algo que leer, algo extenso, algo literario.

Inseguro, nervioso, el alumno revolvió los papeles del portafolio y extrajo un par de cuartillas y media que conformaban un cuento. El profesor leyó en voz alta, pero al final se quedó callado cinco o 10 segundos. De pronto, cuestionó:

¿Lo quieres publicar?

Desde luego, sería un honor.

Y semana y media después, el 11 de febrero de 1989, fecha en la que también el personaje de ese cuento se arroja al vacío, aquel aprendiz de escritor publicaría su obra primera en el suplemento Sábado del periódico Unomásuno, misma que, en la siguiente clase, Batis le pagaría con 15 pesos o 15,000, ¿recuerdan que por aquel entonces le quitaron tres ceros al peso?

Dos o tres semanas más tarde, el profesor le publicaría al otrora hombre invisible un microrrelato que, Edmundo Valadés, reprodujo en la célebre revista El Cuento. Así, el alumno se convirtió en discípulo de Huberto y, luego, en su amigo. Y sí, con esta breve crónica, que es sólo el inicio de una relación larga, sobre todo en el ámbito periodístico, dicho autor se une a los muchos agradecimientos ¿pues qué otra cosa son los homenajes? que desde hace más de 12 meses, con pretexto de los 80 años de Batis, le están haciendo a un editor indispensable del siglo XX mexicano.