¿Cómo sobrevivir a la guerra, a lo inhumano, sin perder la humanidad? ¿Cómo vivieron la Segunda Guerra Mundial las 800,000 mujeres rusas que lucharon contra la invasión nazi? En La guerra no tiene rostro de mujer, Svletana Alexievich presenta un panorama terrible y conmovedor a la vez de la experiencia de mujeres que combatieron en el frente, en la resistencia, o que sobrevivieron al horror de la ocupación. La periodista, hoy premio Nobel de Literatura, reunió durante cuatro años testimonios (grabados o escritos) de ex combatientes de la Segunda Guerra Mundial. Muchas de ellas no habían hablado nunca de su participación en la guerra, por necesidad de olvidar, por afán de sobrevivencia, para protegerse de la crítica o para volver a ser femeninas y poder casarse . El silencio que se impuso en muchas de esas chicas que alguna vez fueron soldados, oficiales incluso, fue tal en algunos casos que ni sus hijos ni nietos sabían, en los años 80, la verdadera historia de vida de sus madres y abuelas.

Con particular sensibilidad, Alexievich transmite el dolor y la emoción de quienes se unieron al Ejército, y en casos excepcionales a la Marina, para defender a la patria: chicas de 16 o 18 años que, por patriotismo y convicción, impusieron su deseo de combatir en el frente ante oficiales que desconfiaban de ellas por ser mujeres, o que consideraban vergonzoso enviar al combate a adolescentes. En efecto, jóvenes de todas las zonas del país se presentaron como voluntarias para enfrentar al enemigo, dispuestas a prepararse para lo que fuera necesario; muchas de ellas convencidas de que tenían que pelear, defender el territorio, vengar la muerte o el sufrimiento de parientes y vecinos, torturados o asesinados por los invasores. Así, con terquedad, algunas; con persistencia y valentía, todas, pusieron sus habilidades y conocimientos al servicio de la causa, o adquirieron las que les permitieran ir al frente.

Si bien, en una imagen más conforme al rol femenino en la guerra, muchas fueron enfermeras, médicas o se ocuparon de la cocina y el avituallamiento, la mayoría de los testimonios proviene de francotiradoras, aviadoras, conductoras de trenes y tanques, rastreadoras de minas, combatientes.

Convertirse en soldado en situación de emergencia significó para estas chicas no sólo cortarse el pelo, dejar a la familia (si quedaba), obedecer una dura disciplina militar, convivir con hombres que más de una vez ponían en duda su capacidad de dar órdenes o de luchar, sino también llevar abrigos y botas varias tallas más grandes que las suyas, porque al principio no había otras; buscar el modo de tener y esconder más de una muda de ropa interior, porque nadie había pensado en las necesidades femeninas; aguantar la mugre o pasar más frío que los hombres, porque, en tanto mujeres, el pudor les impedía quitarse en público la ropa llena de piojos y quemarlos.

Si las voces de estas heroínas conmueven por la crudeza de la experiencia bélica, por los recuerdos de emociones contradictorias patriotismo, pasión, odio, miedo, dolor, compasión la voz de la autora reflexiona e invita a reflexionar, con empatía, en la capacidad de estas mujeres para preservar su humanidad y su femineidad en medio del horror de la guerra, ámbito masculino por excelencia. Así, recupera el deseo de verse bonitas , la compasión y la ternura por los heridos, el amor a las flores, la nostalgia de ponerse un vestido, los momentos excepcionales en que se podía ser y sentirse mujer y combatiente a la vez. Pregunta también por el amor, callado, postergado o fuente de valentía, y afirma su fuerza vital en cualquier circunstancia.

Lejos de reducir por ello el heroísmo femenino a una imitación en tono menor de la típica imagen del héroe, la autora le da mayor densidad. Nos transmite también su pesar por todas aquéllas que, en vez de ser reconocidas por su valor, fueron insultadas por haber sido guerreras , mujeres fáciles a los ojos de la tradición, y por ello prefirieron callar o esconder su pasado.

La lectura de estos testimonios nos deja entrever la particular dificultad de romper los roles de género tradicionales cuando se vive entre la convicción de la igualdad ciudadana y normas culturales todavía apegadas al pasado.