Enfermedad y literatura se tocan todo el tiempo (¿no llaman a los escritores letraheridos, como si la palabra fuera ya una dolencia?). Como metáfora, la enfermedad permite analizar racionalmente lo que Ian McEwan llama la infinita fragilidad del cuerpo humano : la imagen literaria que reenfoca la realidad corpórea.

Pero resulta más interesante, más conmovedor, cuando la enfermedad hace el camino contrario: no de la página a la vida, sino de la vida a la literatura. Cuando la vivencia pura y dura del dolor se transfigura en literatura.

La memoria de la enfermedad es un género por sí mismo. Anton Chéjov escribió sobre su tuberculosis, Jaime Gil de Biedma hizo lo propio en su Diario del artista seriamente enfermo; Francisco Hinojosa escribió Migraña en racimos, su testimonio sobre el dolor de cabeza que lo ha aquejado casi toda su vida.

Philip Roth narra el fin de la vida de su padre, su disminución en la vejez debido a un tumor cerebral fatal, en Patrimonio. La memoria de la enfermedad ajena pero cercanísima le sirve a Roth para examinar su relación con su padre. Tras la muerte del viejo, Roth lo sueña primero como un barco de guerra vacío, sin nadie al mando, y luego vestido de sudario: Debiste haberme enterrado de traje . El muerto le reprochaba que lo mandara a la eternidad mal vestido. Al final Roth se da cuenta de que, si no en su vida ni en su literatura, al menos sí en sus sueños, siempre será el niño de su papá, sujeto a su juicio y a su cariño.

Ésa es otra perspectiva del padecimiento: el de los seres queridos a los que no se desea ver nunca sufrir y decaer. ¿Qué nos decimos ante la muerte lenta, qué otra cosa es enfermar, de los nuestros?

En dirección al limbo

Apuesto a que los gatos conocen el caso del cerebro de mi hermano, enfermo desde hace años de unas dagas invisibles dentro de la cabeza que lo han postrado en una silla de ruedas cuya dirección es el limbo . Así comienza Rafael Pérez Gay la narración de la enfermedad y muerte de su hermano mayor, José María.

En El cerebro de mi hermano, el Pérez Gay más joven cuenta no sólo los devastadores últimos años de José María (Pepe, como él le dice), sino que repasa la amistad intelectual entre dos hermanos que evadieron su destino de muchachos de clase media sin dinero .

Todo comienza cuando José María se tropieza en su casa y rompe una vértebra cervical. O quizá antes, cuando se queda dormido frente al retrato del doctor Gachet pintado por Van Gogh en París. O cuando prefería su cama a pasear por Sevilla. Rafael trata de rastrear la enfermedad del cerebro de su hermano, ésa que trataron de diagnosticar médicos en Arizona, La Habana y Lisboa, y que supieron atendieron mejor los médicos mexicanos del Instituto de Neurología pero demasiado tarde.

Ante las tomografías del cerebro de su hermano, Rafael se pregunta dónde habrá quedado Piedra de sol de Paz, el poema que su hermano se sabía casi completo. Dónde, Lorca, al que citaba a la menor provocación. Dónde su facilidad para los idiomas y su capacidad para fabular. En esa casa oscura , Rafael perdió a su hermano mayor. Estas memorias son una manera de encontrarlo por última vez.

Ésta también es?una historia de infancia

En otros textos, Rafael Pérez Gay ha contado su infancia. En El cerebro de mi hermano da otro repaso a esos días perdidos y encontrados. Sus múltiples casas en las que cortaban la luz por falta de pago y en las que su hermano estudiaba a Nietzsche y Freud a la luz de una vela. Su padre era un aventurero (un tarambana, dice Rafael) que así como lograba juntar un capital, así se lo acababa.

Rafael tenía siete años y José María 21 cuando se separaron por primera vez: el hermano mayor se va a Alemania a estudiar, quién sabe si volverá. En esa incertidumbre nació una relación de cartas, libros y lecturas que los convirtió en camaradas en el camino de las ideas.

Esa relación se rompió en el 2006 y fue por culpa de la política. Es refrescante que en estas memorias, que de alguna forma también son un epitafio, Rafael no saque la vuelta al asunto de la política.

José María Pérez Gay se lanzó, head first, a la campaña presidencial de Andrés Manuel López Obrador, y Rafael se lanzó, head first, como uno de los críticos más mordaces del tabasqueño. Parece cosa de niños, quizá lo sea, pero cuando la política se mete en las rivalidades filiales, cuidado: los adultos se transforman en niños con pistolas cargadas.

La separación no sucedió sólo en el plano ideológico. Rafael enfermó de cáncer y José María lo acompañó a medias. Dejaron de conversar, dejaron de verse. Fue el cerebro de José María lo que los volvió a unir. Casi a la última hora los hermanos se reencuentran.

Pero Rafael no victimiza, no es sentimental. Al contrario: hay risas en El cerebro de mi hermano, tantas como hay cariño y honestidad.

La hermandad son dos niños jugando a que son eternos , dice Rafael. En algún lugar José María y Rafael juegan a que son Blue Demon y el Santo.

  • El cerebro de mi hermano
  • Editorial: Seix Barral
  • 141 páginas
  • $150

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