Ninguna experiencia humana puede ser más parecida al Gran Colisionador de Hadrones que la fila del supermercado en estos días santos. Ayer me lancé por tortillas de harina con la firme intención de regresar lo más pronto posible a casa a desayunar. Sin embargo, en la fila de la caja me topé con Clarissa, quien había sido mi paciente hacía más de dos décadas.

La recordaba bien. Era una joven inteligente, de mirada oscura, sumamente depresiva y poseedora de una visión sobre la vida tan pesimista que el tremendo Cioran parecía un simple consejero motivacional.

Confieso que su saludo me desconcertó: ¿Qué hace para estar igualito? En estos casos uno nunca sabe si sólo dar las gracias o comenzar a debatir semejante impostura.

Destanteado como me sentía, respondí con otra pregunta aparentemente anodina: ¿Tú cómo has estado?

El problema es que algunas personas que se encuentran fuera del consultorio con su antiguo psiquiatra –sin importar que éste vista bermudas, camiseta de los Pumas y sandalias de hule- difícilmente pueden resistirse a la tentación de interpretar cualquier atisbo de cortesía como una invitación para revelar su atribulado inconsciente.

Ahora, estoy muy bien , me dijo Clarissa con franca presunción. Me hacía falta aprender a vivir y, gracias a los ángeles, lo he logrado . No sabiendo otra mejor manera de reaccionar -y casi por instinto- respondí: ¿Cómo dices?

Pronto comprendí que había cometido el segundo error de la mañana. Al llegar mi anhelado turno en la fila, la cajera preguntó robóticamente algo sobre una recarga de celular mientras displicente extendía un pringoso bolígrafo. Aproveché la coyuntura para firmar apresuradamente el voucher que legalmente amparaba la compra de un paquete de tortillas Doña Mary. Sin embargo, ya Clarissa estaba determinada en hacerme copartícipe de su celestial felicidad.

Doctor, hoy mismo le envío seis arcángeles a su e-mail. Mándeselos a todos sus seres queridos y, en minutos, comenzará a recibir algo que ha esperado durante mucho tiempo .

¿Cómo confesarle a una expaciente (quien probablemente en más de una ocasión se sintió decepcionada ante el lento actuar de los medicamentos y, sobre todo, ante mi incapacidad para ayudarla a resolver mágicamente su inmensa desesperanza y frustración) que lo único que yo esperaba -en ese preciso momento- es que los arcángeles me permitieran escapar de ahí? Para entonces el crepitar de mis volátiles ácidos gástricos ya amenazaban con extenderse por toda la tienda con el riesgo de acallar ruidosamente la oferta del departamento de frutas y verduras.

Dentro del Gran Colisionador subterráneo en Europa (CERN), dos haces de protones son lanzados en sentidos opuestos hasta casi alcanzar la velocidad de la luz para que al chocar se produzca una energía descomunal. Similarmente, en las colas de los cajeros pueden ocurrir colisiones sorprendentes. Algunas de éstas podrían servir a la investigación científica como modelos psicosociales para recrear eventos humanos posteriores al Big Bang.

Clarissa y yo nos despedimos convencidos, cada uno a su manera, del misterio que encubre toda idea o sensación de felicidad.