Es la primera vez que Gregor Schneider expone en Latinoamérica, su discurso tan alemán impresiona en cualquier latitud.

Ésta es la historia de un adolescente. Así empieza. Un adolescente de 16 años que se queda a vivir solo en la casa familiar. Estudiaba bellas artes, así que hizo lo lógico: convirtió su casa en un laboratorio de arte.

Construyó, deconstruyó, tiró muros, los volvió a levantar. Jugó con el espacio hasta convertir su casa en una instalación ¿no son todas las casas instalaciones de algún modo? Al habitarlas las convertimos en performances. Pero lo de Gregor Schneider es otro asunto.

Es, de hecho, el asunto contrario.

Como el hotel de ?El resplandor

Gregor Schneider nació en un pueblito del centro de Alemania en 1969. Rheydt. ¿Alguna vez han oído hablar de él? Seguro no. Pero he aquí un dato: es el pueblo en el que nació y se crió Goebbels, el ministro de propaganda del Partido Nazi, el gran responsable ideológico de la devastación hitleriana.

El dato no le es ajeno a Schneider. De hecho, compró la casa de Goebbels en un acto que se puede considerar de un morbo total. Vivió en esa casa, la habitó, es decir, durmió en ella, comió, fue al baño. Y de esa posesión (porque una gran incomodidad lo llenaba, como si el espíritu del nazi quisiera meterse a su cuerpo) creó una obra que es parte de Kindergarten, la primera exposición de Gregor Schneider en Latinoamérica.

Pero regresemos al principio: a la casa paterna convertida en instalación. La obra se llama Haus u r y se ganó el primer premio de la Bienal de Venecia. ¿Cómo? Schneider transportó cada una de las habitaciones de la casa al pabellón alemán de la bienal.

Y uno pensaría que eso no tiene gracia: se han transportado castillos enteros de Europa a América. Ese no es el quid del asunto. No: es la incomodidad que transmiten esas habitaciones.

Parecen cuartos nunca tocados por mano alguna. Hay una recámara, un cuarto de niños, un garage: todo desierto. Frío, sin ningún toque personal.

¿Recuerdan la película El resplandor? Gran parte de su impacto siniestro es el hotel totalmente vacío. Lo mismo sucede con la obra de Schneider.

Además, los cuartos están repartidos en una habitación casi a oscuras iluminada apenas por algunas pantallas. En el suelo, dos cuerpos: uno de un niño y otro de un adulto. Sin identidad, nos traen a la mente los desaparecidos políticos o los muertos del crimen organizado, tirados como basura a la orilla del camino. Quizá ese sea el vínculo más cercano entre la obra del alemán y la realidad latinoamericana.

La exposición cierra con un campo de juegos desconcertante, una obra hecha específicamente para el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC). Desconcertante porque está formado por juegos con los que no se puede jugar. Un cubo de colores, un arenero de rocas, un túnel por el que se puede entrar pero no salir. La instalación es el homenaje que Schneider hace a los parques de juego de su infancia, de esos que se crearon en la reconstrucción alemana de la posguerra. A su modo también son tétricos.

Como explica la curadora Virginia Roy, el artista quiso subvertir la normatividad que se encuentra hasta en el juego. Debes subir por aquí y bajar por allá. El campo de juegos injugables de Schneider es de colores pero da la misma sensación que la de un payaso diabólico.

Kindergarten se inaugura este fin de semana en el MUAC. Prepárense para dejarse tocar por la incomodidad de lo cotidiano.

Kindergarten

  • MUAC
  • Av. Insurgentes 3000, Centro Cultural Universitario
  • Miércoles a domingo de 10 am a 6 pm
  • Entrada: 40 pesos

[email protected]