Alrededor de la ópera Aída se han tejido muchas anécdotas como aquella que cuenta que en el estreno en El Cairo, en 1871, la espada de Radamés era de plata y la corona de Amneris, de oro macizo.

Historias aparte, la verdad es que Aída de Verdi fue concebida para ser espectacular, grandiosa o -dicho en un término derivado de aquel cosmos- faraónica. Precisamente es lo que vimos este fin de semana: voces de primera, escenografía monumental, coros admirables, música bellísima y poesía que estruja y que convoca a luchar por la libertad.

En esta puesta de Aída desde el MET de Nueva York en transmisión al Auditorio Nacional, el 15 de diciembre, solamente tuvimos dos prietitos en el arroz: el trazo escénico débil, elemental, por decir lo menos, y la interpretación tramposa del tenor francés Roberto Alagna del aria Celeste Aída. Situaciones que no desmerecen el buen trabajo de conjunto.

Definitivamente, la que se llevó la jornada operística fue la soprano ucraniana Liudmyla Monastyrska (Aída), cantante de timbre muy agradable que sabe desplegar como un manto de seda; que es capaz de alcanzar y sostener con brillantez notas con un virtuosismo instrumental. Es una soprano lírico spinto al más puro estilo (tal vez por eso la trajeron de Ucrania al MET), de voz ligeramente oscura, con cuerpo, con vibrato que la dota de mayor dramatismo. Voz muy apropiada para el papel de una princesa en cautiverio.

Su calidad interpretativa la vimos sobre todo en el aria O patria mía ( Oh, colinas verdes/ oh, arroyos perfumados/ Oh, patria amada, nunca más voy a verte ), al principio del acto III; una interpretación casi perfecta que mantuvo al filo de la butaca al público y que recibió nutridos aplausos (incluso en el Auditorio Nacional). La ucraniana fue la que al final se llevó exclamación y una fuerte ovación con público puesto de pie.

Con esta obra, la Monastyrska hace su debut en el MET y fue una muy agradable sorpresa. Sin embargo, dos problemas tiene Liudmyla y serios : su presencia escénica que no es muy agradable (el vestuario no le favoreció). Y que todavía no está al cien en actuación: en ocasiones parece una estatua del escenario.

Olga Borodina (mezzosoprano rusa) fue un excelente Amneris, dueña de una fuerte presencia escénica a quien quedó muy bien el papel de la hija cruel y poderosa del faraón. Borodina cuenta con una voz de hermosísimos matices oscuros que despliega con gran técnica. Se le notan las tablas en su canto y en su vena histriónica. Buenísima actuación. También tuvieron una destacada participación George Gagnidze (Amonasro), barítono británico; Stefan Kocán (Ramfis), bajo esloveno; y Miklós Sebestyén (el Rey), bajo húngaro.

LA PIFIA

En cuanto a la pifia del tenor francés-italiano Roberto Alagna: qué manera de destrozar Celeste Aida , una romanza de una belleza y de una ternura impresionantes. Hay varios si bemol que debe afrontar el cantante y que los evitó olímpicamente, sobre todo el del final que fue cortado y que bajó una octava. Basta comparar esta interpretación floja de Alagna en esta aria con las de Pavarotti o de Plácido Domingo para saber qué es calidad y qué se le puede exigir a un cantante en un escenario como el MET.

Es cierto que es harto difícil interpretarla y también es cierto que, para cualquier cantante, las cosas se complican porque aparece al principio de la ópera, cuando la garganta está todavía fría. Alagna dijo después a manera de disculpa (sin disculparse realmente) que acababa de bajar del avión y que estaba recién desempacado en el MET. Lo real es que el papel de Radamés probablemente no sea un papel para Alagna, quien, por lo demás, es un buen tenor. Hay que reconocer que el resto de sus intervenciones, sobre todo en el acto IV, fueron admirables. Se salvó.

Pero qué decir de la música. Fabio Luisi demostró su maestría en la dirección de la orquesta del MET (una de las mejores del mundo): son memorables los metales de la espectacular Marcha triunfal de Aída. También en la conducción del oboe que acompaña al aria O patria mía, con una melancolía que estremece al oyente. Qué decir del manejo de la sección de cuerdas, precisa, brillante. En fin, hay que agradecerle el acompañamiento que hizo de los cantantes, sin competir con ellos, sino apoyándolos para dar un gran espectáculo.

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