Una de las anécdotas más divertidas del mundo de los toros sucedió una mañana en la que el matador Rafael Gómez Ortega, El Gallo, tras compartir los bocaditos y el jerez con José Ortega y Gasset, cuando éste se levantó de la mesa, aquél le preguntó a José María Cossío que quién era dicha persona.

-Esa persona, Rafael -mencionó el enciclopedista taurino-, es nada menos que Ortega y Gasset.

-Eso lo sé, hombre -replicó el diestro-, pero, ¿qué profesión tiene?

-¡Cómo que qué profesión! ¡Es el más grande filósofo de España!

-Bueno, sí, sí -concedió Gómez Ortega-, pero, ¿de qué vive?

-De pensar.

A lo que El Gallo, con sorpresa, contestó:

-¡Jodé! En verdá que hay gente pa’ tóo!

Valga tal historia para decir que mi amigo Juanjo, Juan José Rodríguez, es de ese tipo de gente que si bien no vive de la filosofía, sí de la imaginación -que es una manera de filosofar-, virtud que lo ha convertido en uno de los personajes más entrañables en su natal Mazatlán.

Con sombrero panamá ladeado, ojos miel, rostro moreno amable, sonriente, bigotito y barbita de candado, casi siempre bien vestido, de la aguja, es un escritor por dentro y fuera, por donde se le mire. Ir a Sinaloa y no conocer a Juanjo es como el niño que va a Disneylandia y no conoce a Mickey Mouse.

Todo lo que te cuenta Rodríguez es literario o susceptible de convertirse en literatura. Y, por aquello de la absurda prohibición sinaloense de transmitir por la radio los narcocorridos, voy a referir una anécdota de narcotraficantes que suele comentar Juanjo, que no sé si la leyó en alguna parte, si la vivió como personaje en este circo que es la vida, si se la contaron, o si simplemente se la inventó.

Cuenta Juanjo que una tarde cualquiera en una cantina llegó un conocido narco de la región que, tras observar el buen ambiente que había entre los parroquianos, sacó un fajo de billetes para colocarlo en la barra y decirle al cantinero que las rondas, a partir de ese momento, iban de su parte. Y, señalando el dinero, expresó:

-Hasta que se acabe.

Lo que no se dio cuenta es que en la cantina había otro narco al que la invitación le picó la cresta, por lo que éste, sacando su tarjeta de crédito y un bolígrafo, también los colocó en la barra e, indicando la tinta de la pluma, le comentó al cantinero:

-Hasta que se acabe.

El desenlace lo dejo abierto, como una carnada para leer la nueva novela de Juanjo, Sangre de familia, editada por Planeta y que, en realidad, es una reedición, corregida y aumentada, de su Asesinato en una lavandería china, publicada en 1996 y reimpresa en el 2000 en ambas ocasiones por Tierra Adentro y que, recientemente, fue adaptada para una película con el nuevo título.

Situada en el bajo mundo de Mazatlán, Sangre de familia es una novela de chinos: aventureros, vampiros, narcotraficantes, asesinos e, incluso, con cierta media de normalidad que, en el destierro, hace de la vida familiar un secreto que, a la postre, resulta terriblemente divertido.