El año pasado falleció José Ramón Garmabella. En su momento, si bien hice algunos apuntes en mi diario personal, no escribí su obituario, ya que es un género literario-periodístico que me disgusta.

Tiempo después, Alejandro Toledo, en su muro de Facebook le hizo un breve homenaje. Ahí indiqué que el caso de Garmabella era paradójico, pues siendo en vida uno de los más importantes biógrafos del México del siglo XX e inicios del XXI, resultaba curioso e, incluso, mezquino que nadie escribiera su biografía. Alejandro me respondió que él estaba haciendo un reportaje, para lo cual me pidió unas cuantas líneas. A la postre, no sé si dicho trabajo se publicó, pero aquí reproduzco mi colaboración al respecto.

Hay una frase de Borges que dice que un hombre es todos los hombres. La cita me evoca a José Ramón Garmabella, erudito en la vida de otros que hizo de esas vidas su propia vida y que pasaba meses pensando cómo pensarían un boxeador, un criminólogo, un asesino, una revolucionaria, un torero o un periodista, para, al cabo de un tiempo, escribir sus biografías, ya en términos literarios, ya en términos periodísticos.

A Garmabella lo conocí en el ambiente taurino en los muchos años en que fuimos cronistas y críticos de lo que sucede en ese mundo de sangre, oro y fracasos. José Ramón era, pues, un memorioso apasionado, un intelectual entre carniceros y su fama en ese medio se deslizaba dual: se le atribuían oscuras historias nacidas por su gusto al trago, pero se le recuerda como una voz autorizada, argumentativa, llena de anécdotas, capaz de cubrir de luces las sombras más espesas.

Garmabella, sobrio, sorprendía siempre con sus relatos recubiertos de circunstancias y datos precisos; sin embargo, en la ebriedad poseía un momento más que grato, mágico, cuando se abandonaba a sus saberes y ritmos poéticos del Siglo de Oro español.

Gracias a Rafael Cardona, otro hombre que sabe encontrar el sitio exacto de la aguja en el pajar, tuve el gusto de trabajar en el Unomásuno en una época en la que los tres, Garmabella con su nombre y Cardona y yo con sendos seudónimos, hacíamos la mejor página taurina que se publicaba los lunes y que daba los pormenores de lo acontecido el domingo anterior en la Plaza México, pues los tres, tal vez sólo incorruptibles en cuestiones de toros y toreros, creíamos que aquélla era una fiesta mayor y, por lo tanto, también merecía letras mayores, aunque fueran las nuestras.

Recuerdo que cuando Garmabella acababa sus dos cuartillas escritas a máquina y nos las daba, decía:

-Aquí, una pequeña obra literaria.

No sé, por otra parte, cuántos libros biográficos escribió. Lo que sí sé es que gocé las lecturas de las personalidades que convirtió en personajes dignos de la mejor literatura: el criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, La Pasionaria, el novillero Joselillo, Trotsky, Ramón Mercader, Eliot Ness, el asesino serial Goyo Cárdenas, Pepe Alameda, Pedro Vargas y Renato Leduc, por sólo mencionar algunos nombres que José Ramón resucitó con todas sus ficciones y realidades.

Y así como eran sus personajes, así él intentaba ser para vivir al límite, pero de una manera mental, razonada, como seguramente lo consiguen los toreros frente al toro en la búsqueda de la faena perfecta, primero con mucha observación, inteligencia, para, una vez que las circunstancias están controladas, abandonarse al sentimiento y descubrir aquello que García Lorca llamaba duende y que no quiere decir otra cosa que ambrosía, el alimento de los dioses.