Un acto de necrofilia doble: adorar los huesos perdidos de un necrófilo.

Un necrófilo que, hay que decirlo, merece toda la adoración que los mortales podamos darle. Es Michelangelo Merisi, conocido como Caravaggio, un genio, el inventor del barroco; un desgraciado, el inventor (casi) de la mala leche.

Apenas vivió 36 años que le sirvieron para cimentar una reputación que duraría siglos, interrumpida por unos 200 años en los que su obra fue ignorada por el advenimiento de la Ilustración y tiempos más racionales.

Porque Caravaggio fue un pedazo de la Edad Media metido como una cuchillada en el Renacimiento: oscuridad y pasión en cuadros religiosos. Se atrevió a pintar vírgenes voluptuosas y apóstoles con cara de salteadores de caminos. Uso cadáveres como modelos, algunos dicen que también como amantes.

Caravaggio vivió tan a lo loco que de sí mismo quedaron, además de pinturas dramáticas como ningunas otras, memorias amargas, una sentencia de muerte incumplida, un epitafio aburrido y un cadáver perdido. Nadie supo durante 400 años dónde habían quedado los huesos del genio, hasta hace unos meses cuando un grupo de historiadores y científicos lograron reconocer los huesos de una tumba perdida en Toscana como los de Caravaggio.

Hoy uno puede irlos a ver en una urna expuesta ahí mismo donde los encontraron, en Porto Ercole, un pueblo de ensueño, de esos donde los bandidos y los magnates tienen escondites donde no falta el vino tinto y los botes de vela.

Caravaggio, bandido no magnate, fue a refugiarse allá cuando sus mecenas ya no pudieron salvarlo de sí mismo y sobre su cabeza pendía una condena a muerte por el homicidio en una riña de cantina de un compinche de parranda.

Y mire que tenía defensores poderosos, entre ellos a Pablo V, el Papa para quien pintó la espectacular La aprehensión de Jesucristo , obra que acompaña el Garage del día de hoy. Hace unos días fue recuperada por la policía alemana después de haber sido robada hace dos años de Museo Nacional de Ucrania. Un gran cuadro sin igual.

Bueno, quién sabe. Se dice que esta versión ucraniana es en realidad una copia mal hecha del supuesto auténtico, que reside en la sede de la congregación jesuita en Dublín.

Algunos creen que Caravaggio mismo repitió la pintura y la vendió por partida doble, falsificándose a sí mismo para ganar unas 30 monedas más.

Podemos ir a preguntarle a sus huesos, a ver si nos responden. Cosas más extrañas han pasado.