Francis Scott Fitzgerald no era Gatsby, pero trasladó sus temores, sus presagios de desgracia a la psique de Gatsby.

Sus orígenes eran, hasta donde se lo podían permitir sus apellidos irlandeses, patricios. Su tío abuelo era Francis Scott Key, el autor de The Star-Spangled Banner, el himno de los Estados Unidos de América. Estudió en acaramelas academias preparatorias, siempre el famoso Scotty, flojo para el latín, brillante entre las mujeres. No le fue difícil entrar a Princeton, donde la puerta que le cerraron sus malas notas se abrió con el dinero de su padre.

Y sin embargo, ay, algo le hacía falta siempre. Se bebió el mundo entero tratando de encontrarlo.

No, él no era Gatsby. Nunca tuvo la necesidad de James Gatz de cambiarse el apellido ni de volverse un delincuente para entrar a los mejores salones y bebes los mejores tragos de preferencia gin & tonic en el bar del Plaza, al lado de su adorada Zelda. Primero tomas un trago, luego el trago toma un trago y luego el trago te toma a ti escribiría después, cuando la gloria ya se había ido.

El gran Gatsby es la gran novela americana. Al menos Francis S. se desangró en sus páginas intentando que así fuera. Es la historia de Jay Gatsby, nacido James Gatz, un muchacho pobre que llega a la cúspide social gracias al contrabando ilegal de alcohol, orillado al crimen no sólo por su necesidad de afirmación, también por el amor de una muchacha nacida en cuna de plata, tan vana que ni siquiera le da las gracias por salvarle la reputación y la vida.

La caída de Jay Gatsby es trágica, estrepitosa. Como la de Fitzgerald, que se murió sin conocer el éxito de su gran novela. La felicidad de su carrera literaria juvenil, las reseñas rabiosas, los cheques de muchos ceros, ya se habían acabado para cuando publicó Gatsby.

Muéstrame un héroe y te enseñaré una tragedia , escribió Fitzgerald hablando de otro de sus personajes pero en realidad refiriéndose a sí mismo. El sueño americano le dio todo, fama, fortuna, los cockteles en el Plaza (aunque siempre se quedó con sed del siguiente), la Gran Depresión y el exceso (la verdadera gran tragedia americana: los excesos) le quitaron absolutamente todo.

Fitzgerald y Gatsby no son la misma persona (el verdadero alter-ego de Fitzgerald es Amory Blaine, el protagonista de A este lado del paraíso, la novela que lo convirtió en el rey de los Locos Veintes), pero ambos conocieron la ambición nunca saciada, ese algo más que al final de El gran Gatsby es una luz verde, como el césped primordial de las mansiones norteamericanas.

Gatsby creía en la luz verde, el orgiástico futuro que año tras año aparece antes nosotros… Y así vamos delante, botes que reman contracorriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado.

El gran Gatsby acaba de ser reeditada por Alfaguara (232 pp, $209). Así sin más, le digo, señor lector, vaya por ella.