La literatura es ese arte en el que una persona, el escritor, tiene la capacidad de hacernos conocer los dictados del alma de alguien, ya sea de sí mismo, que no está mal, o de personas distintas a él, personajes que sólo existen en sus páginas, creados a golpe de cada letra, lo que es mucho mejor.

Digo a golpe de cada letra, pero en realidad la literatura existe ahí donde hay palabras (algunos dirían que ahí donde hay sonido, véase la poesía dadaísta con sus sonidos sin sentido, pero yo creo que eso es, o aspira a ser, música), estén escritas o no. La literatura está en las conversaciones, en el radio, en las canciones, en el teatro.

Homero, Ilíada, de Alessandro Baricco, parte de esos dos principios: en primera persona cada personaje de la epopeya nos enseñará los dictados de su alma y lo hará en viva voz. Ahí está el libro, en editorial Anagrama, para quien prefiera esa sensación susurrante que es leer en soledad las intimidades de alguien.

Pero Baricco escribió Homero, Ilíada para que se leyera en voz alta, así como se narraba La Ilíada original. En Italia se hizo en el radio con mucho éxito.

En México se hace en teatro. Desde el miércoles pasado en el Teatro El Milagro, durante los cinco miércoles siguientes, 17 actores leerán los monólogos de Baricco, nos develarán los dictados de, por ejemplo, Helena de Troya.

El miércoles pasado los actores Naomy Romo, Silverio Palacios y Sophie Alexander-Katz leyeron los tres primeros monólogos: Romo fue Criseida, la bella esclava que desata la ira de Aquiles; Palacios fue el feo Tersites, que representa el cansancio de los guerreros griegos tras nueve años de asalto a Troya, y Alexander-Katz fue Helena de Troya. Qué curioso es ese momento antes de que empiece una representación. Para los actores debe ser aterrador. Tal vez sea llevar la metáfora muy lejos, pero ese instante antes de que empiece una obra de teatro debe parecerse al cadalso: sabes que algo tremendo va a pasar, algo definitivo.

La diferencia esta vez fue que con Homero, Ilíada el público también sentía esa tensión. No del cadalso, pero sí de que algo importante estaba por suceder.

Mientras, esperando a que comenzara todo, los actores se sentaban en un semicírculo de arena, el atril con el texto al frente. Cada uno distinto como su personaje: Naomy jugaba con la arena, Silverio se desabrochaba la camisa y Sophie con una seriedad tan contundente como sus botas vaqueras. Qué terrible lo que le pasó a Criseida. Qué tremendo el sudor y el cansancio de Tersites. Qué insondable es Helena. Los actores nos hicieron, durante esos minutos, conocer a esos personajes.

Durante la lectura hubo momentos cómicos, otros muy tensos, otros eróticos (con la Helena de Alexander-Katz). El silencio del público era de verdad palpable, como niños viendo su programa favorito de televisión. Entre las cosas que nos igualan a todos, la más bella es esa hambre de que nos cuenten una historia.

El Teatro El Milagro estuvo repleto. Se espera que sea así por toda la breve temporada, pero todavía quedan algunos (pocos) boletos. Hay grandes nombres en el elenco, como ya se publicó en esta sección, pero no vaya a verla sólo por la fama de Diego Luna o de Daniel Giménez Cacho.

Vaya a ver, a escuchar, una gran historia de historias. Vaya a conocer los dictados del alma de esos mitos que son personas.