Una cosa es el arte y otra cosa es el mundillo del arte.

Tom Wolfe lo sabía se cebó de este último al escribir su famosos ensayo "The Painted Word" , recién publicado en español por Anagrama bajo el título "La palabra pintada & ¿Quién le teme al Bauhaus feroz?" (364 páginas, $330). El volumen recoge dos textos en realidad, los dos sobre la escena del arte contemporáneo norteamericano en los años 70.

En La palabra pintada , Wolfe abre con una reflexión brillante y mordaz. Los artistas de vanguardia de finales del XIX y principios del XX dieron una lucha a brazo partido para retirarle a la pintura toda codificación literaria. Es decir, los vanguardistas buscaron con ahínco que su arte no fuera narrativo ni figurativo ni pareciera la ilustración de un cuento, ni siquiera que recordara a algún poema.

Y sin embargo, ya bien metidos en el siglo XX (aún en pleno XXI), la pintura y en general las artes plásticas hoy dependen más que nunca de la palabra.

Cualquiera que haya recorrido una selección de arte contemporáneo lo sabe: hay piezas que llevan más explicación que obra. Es el choro lo que la hace digna de exponerse.

El mismo choro que repiten críticos y dealers y gente que quiere sonar bien interesante. El mismo choro que aleja a tanto público de las salas de arte y que, como dijera el pintor mexicano Daniel Lezama, ha convertido al arte en un mensaje sin códigos de larga duración, una cosa que no va a sobrevivir más allá de la borrachera conceptual momentánea del artista o del crítico.

Wolfe, tan dado a la sátira, recoge en La palabra pintada retratos de Clement Greenberg y Harold Rosenberg, los dos grandes pensadores detrás de movimiento abstraccionista norteamericano, como un par de señores remilgados, exquisitos y atildados que al mismo tiempo, eran los reyes de la bohemia.

Piense en dos jóvenes de gafas gruesas y suéteres feos que hablan con autoridad de, como dice Wolfe, opticidades , abismos que se abren en lógicas de reajuste , multilateralidad biplaneal , etcétera. Imagíneselos rodeados de toda una generación de aspirantes a artistas, en una bodega de Nueva York convertida en departamento (los futuros lofts), en fiestas donde también hay modelos, herederos, socialités, gorrones, futuros guerrilleros urbanos.

Y voilá, estará usted asistiendo al nacimiento del mundillo del arte tal cual hoy sigue existiendo en Nueva York, Londres, Tokio, México DF y donde quiera que esa peculiar canalla se reúna.

Tom Wolfe es, como suele ser, despiadado con ellos. Entre otras cosas, dice que el mayor punto de encuentro entre un artista y el crítico es la convicción de ambos de haber superado a la clase media de la que emergieron . Ah , me hace pensar en tantos lugares, tantos personajes (una voz en mi cabeza susurra mundo kurimanzutto pero yo la acallo: perro no come perro).