El talento de Sarah Waters (Gales, 1966) para las novelas de periodo parece inagotable. Es como si el espíritu de las hermanas Brontë la habitara, como si hubiera crecido en un libro de Charles Dickens o de Jane Austen.

Pero vamos desde el principio. Waters es una de las escritoras europeas más respetadas de su (todavía joven) generación. Ha escrito cinco novelas, todas han sido finalistas de distintos premios, entre ellos el Man Booker Prize. En 2003 fue incluida en la lista de la revista Granta como uno de los mejores autores jóvenes del mundo.

La primera novela de Waters nació de su tesis doctoral, que versaba sobre la pornografía en la era victoriana. El lustre de la perla es una deliciosa novela erótica que explora el mundo del music-hall, los prostitutos jovencitos, las lesbianas de clase alta y, finalmente, del inicio del movimiento feminista en Londres.

La ronda nocturna trata del bombardeo de Londres durante la Segunda Guerra Mundial, una novela coral en la que personajes disímbolos acusan el daño de la guerra sobre la población civil; Afinidad es una historia de amor en una cárcel de mujeres en las década 1970; El ocupante es una novela gótica clásica, con casona embrujada y aderezada la corrosión de la estructura de clases tradicional en la Inglaterra de la segunda mitad del siglo XX.

Doble identidad va de los ladronzuelos de poca monta, timadores y, como sugiere su título en español, de un enredo de identidades típico de las novelas folletinescas del XIX. Su título original, Fingersmith, reúne los dos elementos principales de la novela: la habilidad dactilar de un ladrón de cartera y la de una amante lesbiana.

Sí, todas las novelas de Waters (excepto El ocupante) son desvergonzadamente lésbicas. Ella misma es lesbiana (para completar la historia: salió del clóset mientras estudiaba la pornografía victoriana de su doctorado) y dice sentirse "muy cómoda" con la etiqueta de novelista gay.

Pero no crea el lector que la única gracia de Waters es ser una especie de historiadora de la homosexualidad femenina. Sus novelas son ágiles, sólidas, de una profundidad que sorprende.

Normalmente las novelas de periodo, especialmente si pretenden repetir el esquema de la literatura de aventuras decimonónica, están más interesadas por la trama (mucha acción y un misterio que se resuelve al final) que por crear personajes humanos y por exponer ideas. Sarah Waters mezcla con gran fortuna ambas cosas. Son enredos que uno quiere leer dos veces: la primera para resolver el enigma, la segunda para entender a los protagonistas.

Todas sus novelas pueden ya conseguirse en español bajo el sello de Anagrama.