Cada vez que debo realizar un trámite, digamos, ante Hacienda, o que respondo una encuesta callejera, me enfrento al dilema de nombrar mi oficio u ocupación: escribir; pero muchas más veces soy redactor. Me explico. hoy en día se lee y escribe, en cantidad, mucho más que en cualquier otro periodo de la historia. No obstante, pienso que esto no durará mucho. El surgimiento de nuevas tecnologías, así como el incremento de las capacidades de las ya existentes, aniquilará este periodo de bonanza. Pronto será más fácil hacer una videollamada que transmitir a través de una ventana de mensajería instantánea, o de un correo electrónico, lo que queremos comunicar.

Sin embargo, la importancia de la palabra escrita —la palabra hablada se cuece aparte— es tal que divide a las sociedades prehistóricas de las que forman parte del periodo histórico. Es la palabra escrita lo que ha permitido sistematizar el conocimiento, abstraerlo y sintetizarlo para poder comunicarlo con mayor eficiencia. Principios éticos, religiosos, astronómicos y de cualquier otra disciplina del conocimiento humano serían imposibles de ordenar y transmitir sin la existencia del cotidiano acto de escribir y su forma más sofisticada, redactar.

¿Cuál es la diferencia?

Redactar, según el DRAE, es “poner por escrito algo sucedido, acordado o pensado con anterioridad”. Esta definición, vigente, no entraña ningún misterio: nos dice que pensamos y sacamos conclusiones de un hecho o suceso, y que tales conclusiones —o los detalles de cómo llegamos a ellas— es lo que deseamos comunicar.

Pero en su raíz latina es donde encontramos la esencia de lo que es redactar: redactum es el supino de redigĕre, verbo que ha sobrevivido en múltiples lenguas casi sin variaciones —italiano, alemán, noruego— y que quiere decir escribir creativamente —un ensayo, un artículo—, bocetar un texto —como un contrato— o compilar varios escritos —como en una antología o diccionario—, además de corregir y editar. Redigĕre, además, mutó en un término indirectamente relacionado con redactar: reducir, que en su acepción culinaria describe un proceso que, a través de la cocción lenta, elimina el exceso de líquido que diluye una mezcla hasta llevarlo a su forma más esencial y concentrada. Redactum, al estar conjugada en supino —una forma impersonal extinta en castellano—, vuelve la acción un fin en sí misma: redactar es hacer todo lo anterior, por el simple hecho de hacerlo.

¿En qué se diferencian redactar y escribir? Redactar es una versión más sofisticada de la escritura. El DRAE define escribir como “representar las palabras o ideas con letras y otros signos trazados en papel u otra superficie”. Su raíz etimológica también es latina, scribĕre, pero su origen —proviene del indoeuropeo skreibh— nos habla de un vocablo más antiguo, que hubo de pasar por un proceso de sofisticación y especialización, que claramente lo diferencia de su pariente cercano redigĕre.

¿Por qué aprender a redactar?

Antes que nada, una escritura ordenada, clara y que considere —aunque sea tangencialmente— aspectos estéticos, es la manifestación de un pensamiento complejo, sofisticado y sistematizado. La metáfora que viene a mi mente es la culinaria: se sofistica el ojo lector, y la mano que escribe, tanto como el paladar del comensal o el olfato del catador. Escribir es como alimentarse para sobrevivir, mientras que redactar es ser capaces de elegir los platillos adecuados para, digamos, una cena, el orden en que se deben servir, y además elegir el mejor vino para acompañarlos.

De todos los momentos que contempla la escritura, son dos los que me interesan: el que responde a la pregunta qué escribir, y el que responde a cómo escribirlo. En el qué escribir se encuentran todas nuestras preocupaciones, valores, deseos, intereses y demás variables que puedan resultar relevantes al elegir un tema. Sería imposible nombrarlas todas, pues infinitas son la mente y el espíritu humanos, y todo lo que los conforma toma parte en edificar la respuesta. Una vez que es claro el objeto de nuestra escritura, entonces intentamos elegir las palabras y estructuras adecuadas para abordarlo: un médico usará lenguaje médico, un abogado terminología legal, y un matemático términos propios de su profesión. Pero la elección de las palabras no sólo se piensa en función de quien escribe, sino de quien leerá. Tenemos entonces el surgimiento de un concepto poderoso y útil a la hora de redactar: el lector ideal.

La tradición de escritura más romántica, perfumada y endulzada por años de cursilería, dice que la escritura es personal —“escribo para mí”—, y eso es correcto. He ahí el meollo del asunto: redactar, a diferencia de escribir, es un acto de generosidad para con el lector, más que de egoísmo y de satisfacción de un deseo o necesidad personal de expresión. El protagonista es el objeto de la redacción —el lector—, y no el creador de lo redactado —redactor—. Los redactores lanzamos bombas inteligentes dirigidas con toda precisión a un lector ideal que construimos, para no pelear rounds de sombra, sino acertar con la mayor eficiencia cada uno de los misiles verbales que lanzamos.

Así, la lectura fácil de un texto, lejos de ser una deficiencia del escritor, es virtud del redactor. La exquisita repelencia suele ser el resultado de búsquedas más introspectivas, que también en mi faceta de escritor he explorado. Sin embargo, el día de hoy reconozco como mis antecesores a los escribas sumerios, y a los hombres y mujeres que golpean teclados y escriben cartas, por ejemplo, en la Plaza de Santo Domingo. A ellos les debo mi oficio; a todos ellos va este breve, pero sincero homenaje.

Jorge F. Camacho se ha dedicado a escribir profesionalmente —es decir, que le pagan de menos— desde hace casi 10 años. Decían que moriría de hambre, aunque ha logrado mantener una complexión rolliza, pese a todo.

El objeto de mi afecto

El dedal

•Aunque se cree que su uso se remonta a la Edad de Hierro, el dedal más antiguo fue encontrado en una tumba china de la dinastía Han (206 a.C. - 202 d. C.); mientras que en América solían hacerse con hueso labrado.

•Hasta el siglo XV comenzó la producción comercial en Nuremberg, Alemania, en donde eran comunes los de cobre. En 1693 el manufacturero John Lofting amplió las capacidades de producción al mudar su compañía a Buckinghamshire, Inglaterra, para aprovechar los molinos de agua.

•Cuando la plata importada del Nuevo Mundo empezó a abundar en Europa, los costos de producción bajaron y los dedales se volvieron muy baratos y populares.

•Los dedales decorados no eran comunes hasta el siglo XV. Durante el siglo XVI el dedal comenzó a perder su practicidad y se convirtió en un regalo simbólico, ideal para las damas: los había de porcelana —muy bellos pero imprácticos para la costura— y engarzados con joyas.

•A mediados del siglo XVIII aparecieron las primeras máquinas para perforar los dedales, logrando que éstos fueran más delgados y de domo más pronunciado.

•Los dedales de plata abundaron en Europa, pero a veces el metal era tan delgado que fácilmente dejaba pasar la aguja. En 1884 Charles Horner patentó las dorcas, un tipo de dedal que reforzaba la capa exterior de plata con acero en el interior.

•El dedal moderno no ha variado mucho de sus antepasados: Hoy una pieza hecha de aleación de zinc no supera 40 pesos mexicanos. Sin embargo, los coleccionistas han llegado a pagar hasta 18,000 dólares por un dedal de cerámica de 1740.