Aunque Javier García-Galiano dice que es poco elegante, me gusta escribir en primera persona. Tal vez sea porque Jorge Ibargüengoitia, autor al que he leído, releído y que siempre me divierte, solía elaborar sus artículos desde ese punto de vista.

Pero, conforme envejezco -hecho que me sucede minuto tras minuto-, me cuesta más trabajo descubrir que puede ser interesante para los lectores de un diario, pues una cosa es el periodismo -en el que la seducción inmediata del cliente es fundamental- y otra, muy distinta, la literatura, en la que uno pergeña imágenes, atmósferas o historias para satisfacerse a sí mismo.

De la semana que recién inicia, por ejemplo, podría escribir de varios sucesos que, si bien pertenecen al orden de lo personal, tienen un interés público. Además de que -y lo que sigue confirma el valor de escribir en primera persona- soy un creyente de que sólo desde lo particular se alcanza la universalidad.

Así, los temas que me dan vuelta a la cabeza son la reciente despedida de Manolo Mejía de los toros, pues a mediados de la década de los 90 lo acompañé (él como matador y yo como cronista) a una gira taurina por Francia y España, aventura que me hizo entender muchas de las razones y sinrazones de la tauromaquia; o de la también reciente visita de Fernando Savater a México, con quien tengo amistad desde que yo era un niño y con quien suelo comer o cenar cada vez que nos encontramos cerca en tal o cual punto del planeta.

Por eso no sé si decir que la vida no es lo que uno proyecta, sino lo que la vida proyecta a uno. Me explico: somos seres irreflexivos antes de la acción, pues, si meditáramos antes de emprender cualquier empresa, casi con seguridad no la llevaríamos a cabo. Por ejemplo: un jugador apuesta porque siente que va a ganar, cuando, en la realidad, de entre todos los que juegan, la mayoría pierde y sólo unos pocos, muy pocos, ganan.

Yo, como Pepe Malasombra -ése era mi disfraz en esa fiesta de disfraces que es la llamada fiesta brava-, estoy seguro de que a Manolo Mejía nunca lo satisfizo ser torero o, por lo menos, nunca estuvo dispuesto a dar la vida, tanto metafórica como literalmente, por dicha profesión. Incluso pienso que si no fuera por su padre, don Pancho, tampoco hubiera escogido para sí ser matador de toros.

Y si lo fue, se debió a que de niño no le quedó de otra y a que, de adulto, era tal su facilidad para el toreo que encontró en la técnica, en la maestría -mas no en la pasión-, una manera de ganarse la vida sin darse cuenta de que la vida ya le había ganado la partida. Por eso, aplaudo que se haya retirado de los ruedos y espero que, ahora sí, ya siendo el hombre que es, descubra sus verdaderos goces, su sentimiento íntimo para ser feliz -aunque, claro, puedo estar diciendo tonterías y que Manolo me quiera, con justa razón, romper la cara.

Esto, sin embargo, me lleva a Fernando Savater que, por el contrario, siempre ha estado dispuesto a jugarse la vida, tanto metafórica como literalmente, por su profesión: la del filósofo, la del escritor, la del que no se calla la boca en ningún momento por peligroso que sea lo que tiene que decir, pues como diría Jorge Luis Borges, cito de memoria: No hay mayor placer que el del pensamiento , razón que lo ha convertido (a Savater, aunque también le sucedió a Borges), con independencia de cualquier campaña publicista, en uno de los autores más escuchados, leídos e influyentes del mundo contemporáneo con una filosofía harto sencilla: el bien personal es en el fondo el bien común y las grandes ideas no son las que nadie entiende, sino las que son comprensibles para todos.