¿Qué haríamos sin las diversiones teatrales que nos presentan las compañías de verso y zarzuela? , se preguntaba la escritora de seudónimo Titania en el semanario El álbum de la mujer en el primer número de 1885. Después proseguía respondiéndose a sí misma: Parece que nuestra sociedad está durmiendo el sueño de Rip van Winkle, que duró 20 años, pues no da señal de vida, pasando ante nuestra vista cual sombra en el crepúsculo, hora en que nuestras damas elegantes se presentan en sus mullidos carruajes por ?Paseo de la Reforma. ¿En dónde pasaríamos nuestras noches si no fuese ?por el refugio que nos ofrecen los teatros? .

Y después hace un recuento, muy al estilo cartelera, de todo lo que ofrecían los principales teatros de la Ciudad de México en aquel agonizante siglo XIX. Así nos enteramos que en la escena del Teatro Principal se han estrenado dos obras de mérito debidas a las plumas de los jóvenes escritores mexicanos Manuel José Othón y Julio Espinosa; que en el Teatro Arbeu hay una adaptación de Madame Boniface y que en la escena del Nacional, la hermosa Romualda Moriones, más actriz que cantante, entretiene al público con El proceso del cancán. Termina su artículo, irónica, diciendo que no podemos quejarnos de las diversiones que nos ofrecen los teatros de ahora , en una ciudad en donde, como decía Madame de Sévigné, los días pasan y todos se parecen .

Pero tal indolencia, tan delicioso spleen, estaba a punto de acabarse. Llegaría la Revolución y los ojos del público, escritores y cronistas mirarían hacia otro lado.

Los capitalinos, encerrados en su flamante y porfiriana ciudad, poco sabían de la provincia. La mayoría desconocía los recintos y espectáculos que se presentaban en el interior , y más allá de Benito Juárez huyendo de las tropas imperiales y conservadoras e instaurando la capital en otros estados, de los lugares para la diversión y esparcimiento tenían pocas noticias. Pero ése no fue el caso del Teatro Iturbide de Querétaro.

Construido en lo que había sido la alhóndiga de la ciudad en tiempos virreinales y como una prioridad para el gobierno y la sociedad queretana, el arquitecto Camilo San Germán se hizo cargo del proyecto y comenzó la construcción de un recinto que estaba planeado para exaltar la cultura y las artes. La obra fue completada por el ingeniero inglés Thomas Surplice y por fin fue terminada en abril de 1852. El gobernador Ramón Ma. Loreto de la Canal le puso el nombre de Teatro Iturbide, y la gran inauguración fue el 2 mayo de ese mismo año con la obra Por dinero baila el perro y por pan si se lo dan. A partir de ese momento se convirtió en un rival muy fuerte en la competencia ?cultural, social y hasta política y sus actividades comenzaron a resonar en todo el país. La primera, que el 16 de septiembre de 1854 se estrenó en él el Himno Nacional mexicano, ya que el texto y la partitura de su música, inmediatamente después de haber sido aprobadas, estrenado en ?septiembre con motivo de las fiestas patrias.

Un año después, el poeta Guillermo Prieto, desterrado por Santa Anna, visitó el Teatro Iturbide. Y, por supuesto, dado su oficio de cronista, publicó una descripción del recinto en su libro Viajes de orden suprema que decía:

El Teatro de Iturbide es un monumento digno de la cultura de la sociedad queretana. El arquitecto que lo trazó supo aprovechar con tino la esquina de una de las calles de San Antonio y la Alhóndiga y suspendió en ella su fachada atrevida y correcta que descansa en un enlosado saliente que sustenta el alumbrado. Realza este conjunto el aspecto indescriptible de alegría que tienen aquella mansión predilecta de los ensueños del poeta, aquel lugar de citas de las comedias, verdaderas y ficticias, aquel espejo en que unas veces fiel y otras inexactamente va a buscar la sociedad su retrato y a divertirse con la traducción de sus propias ridiculeces, sus crímenes y pasiones. En este lugar nada debe hacerse aisladamente; los suspiros se oyen, las lágrimas podrían enjuagarse.

Mucha prensa y emoción trajo también la presentación de la soprano Ángela Peralta el 15 de mayo de 1866. Todos dijeron que llenó con su voz el Teatro Iturbide y los periódicos dijeron que la interpretación del Ruiseñor Mexicano, como la llamaban, era comparable a las que había hecho en el Scala de Milán. A partir de entonces, la Peralta cantó en el Teatro Iturbide, en cinco ocasiones más. Y fue también este recinto el que albergó el consejo de guerra que condenaría a muerte al emperador Maximiliano de Habsburgo y a los generales mexicanos Miramón y Mejía en junio de 1867.

Sin embargo, la última remodelación y actividad del Teatro Iturbide, Teatro de la República, fue la más significativa de todas: las tribunas y arreglos para convertirlo en la sede de los trabajos del Congreso Constituyente de 1917.

Muchos teatros mexicanos construidos en la Ciudad de México en el siglo XIX fueron muestra de prodigios arquitectónicos o escaparates de cultura y arte nacional y casi todos han desaparecido. Del Gran Teatro de Santa Anna, el Tívoli, el Miñón y el Arbeu no queda nada sino vestigios. Al Teatro de la República, antes Iturbide, lo conserva la celebración y la memoria. A los mexicanos, citadinos de todo el país, la certeza de que ya no se presentarán obras de teatro ni habrá competencias por el público, las reseñas o las obras que se presenten.

Hoy ya es, y para ?lo que el siempre nos dure, herencia ?de todos y joya del Patrimonio Nacional.