En tiempos de la Subsecretaría de Cultura, como en los del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, en cada relevo de su titular y de las principales dependencias ha prevalecido la ordenanza de la cultura política de que es elegible primero la mujer o el hombre y después el programa.

Los liderazgos que confluyen al Mandatario persiguen, en un primer momento, que sea nombrado quien consideran leal, garante de los intereses de grupo, mediador en la discordia y capaz de llevar lo mejor posible sus responsabilidades.

Este andamiaje que es parte del sistema político, lo mismo con el PRI, el PAN y el PRD, tiene dos ingredientes muy mexicanos: la fe y el padrinazgo. Una vez logrado el despacho principal, viene la distribución de los cargos disponibles.

Si bien es cierto que ese nido de componendas que se llama Servicio Profesional de Carrera en algo acotó la libre remoción de los directivos de confianza sujetos de esa infame ley que data del 2003, los mandos superiores se las han arreglado para mantener en puestos clave a quienes desean como colaboradores durante su estancia en el aparato.

La intención de una meritocracia en la gobernanza ha causado al menos tres graves daños: primero, el surgimiento de una suerte de sindicalismo premier; segundo, el espejismo de la capacitación para la calidad, y tercero, las triquiñuelas ya sea para despedir sin alegato, para mantener inamovibles a quienes no cumplen los requisitos o para sostener figuras emblemáticas de la cultura (¿de qué otra manera se explica la permanencia en sus oficinas de Enrique Florescano y Eduardo Lizalde, quienes ya incluso rebasaron la edad de jubilación?).

Las irregularidades laborales son revestidas por un laberinto procesal, de movilización de plazas sin restricciones y de numerosos contratos bajo la figura de sueldos asimilados a salarios y honorarios por anualidad.

Hay dependencias, como el caso del Canal 22, en las que no poco personal acumulará años para una jubilación y no podrán acceder a ella. El relevo laboral del Conaculta y sus organismos es también de suma gravedad a nivel sindical.

El subsector cultura de la SEP demanda ser conducido por un reformador. Un líder que convenza a los actores sociales de la profunda reforma cultural que se requiere. Sea con Peña Nieto o fuera con López Obrador, el cambio de funcionarios en el Conaculta se topa con un desafío: elegir sobre una variable de la cultura política: la edad o los años de experiencia, combinación que, por lo demás, pocos aspirantes al organismo tienen.

Cierto que el cruce de edades y desempeños lanza señales orientadoras. Juan José Bremer llegó a ser Subsecretario a los 38 años, y unos antes, director del INBA. Rafael Tovar asumió la titularidad del Consejo también a los 38. Sergio Vela tenía menos de 30 cuando lo nombraron en el Cervantino. Gerardo Estrada tenía 31 al llegar a Radio Educación. Saúl Juárez, con menos de esa edad, fue Director de la Casa de Cultura de Michoacán. María Cristina García Cepeda, también muy joven, tomó el cargo, tanto como Alfonso de Maria y Campos y Tere Franco. Sari Bermúdez, sin mayor experiencia en el campo, conduce el Consejo a los 50 años.

El prototipo se rompe con Consuelo Sáizar, quien dirige el FCE a los 40 y siete años después, el Conaculta, tras ser empresaria desde antes de los 20. Teresa Uriarte en sus años 40 como esposa del Gobernador de Sinaloa se curtió pero más de 20 años después retoma el oficio de gestionar política cultural.

El gobierno y las universidades han sido los semilleros de la dirigencia cultural. ¿Podemos idealizar un líder para el Conaculta o resulta ocioso? El retrato, en la siguiente entrega.

asesoresencultura@yahoo.com.mx