Al oír del Transiberiano, uno se imagina un recorrido a través de paisajes inhóspitos, desolados y fríos, como describió el periodista Ryszard Kapuściński a mediados del siglo XX. Era otro tiempo, se vivía en la Unión Soviética, en pleno proceso de desestalinización. No es lo que se ve ahora, cuando uno se encuentra con mucha gente en esta red ferroviaria que los zares construyeron entre 1891 y 1913 para unir a Moscú con Siberia.

Entre turistas europeos y asiáticos, empleados que viajan a ciudades cercanas o abuelos que van a sus casas de campo, las comidas se acompañan contemplando extensiones inmensas de abedules, robles o pinos; poblados de madera colorida o el espejo del lago Baikal. Un paisaje que trasciende el melancólico traqueteo que el tren produce sobre las vías. 

Es un viaje de 9,288 kilómetros que no deja de sorprender, sobre un joven Transiberiano que acaba de cumplir 175 años.