Perú y México son países hermanados por razones diversas. Ambos territorios fueron hogar de civilizaciones que han heredado rasgos identitarios y una riqueza cultural, artística, lingüística y gastronómica única. Las dos naciones están trenzadas comercialmente desde la época precolombina y sostienen relaciones diplomáticas desde la época de los virreinatos. Este año, ambos coinciden en las conmemoraciones por el bicentenario de su independencia.

Todo ello soporta la presencia del país de riqueza andina y amazónica como Invitado de Honor en la edición 35ª de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Pero hay más coincidencias sobre la vida pública de ambas naciones. Algunas tienen que ver con la revisión del relato oficial de su historia y el intento por desmantelar el menosprecio de sus comunidades originarias, el reconocimiento de su diversidad y la descentralización.

Estas junturas saltan a la palestra durante la conversación que El Economista sostiene con la activista, política y asumida en octubre pasado como ministra de Cultura de Perú, Gisela Ortiz Perea, quien encabezó a la delegación andina a la puesta en marcha de sus actividades editoriales y culturales en la capital jalisciense.

Política de inclusión

“Estar en la FIL es una oportunidad de mostrar esta gran diversidad cultural, de generar un mercado para la industria del libro, para nuestros escritores y escritoras, pero además para las editoriales que han sobrevivido a un año y medio bastante difícil. Desde el Perú traemos una gran propuesta no solamente con los autores reconocidos”, remarca la ministra en el pabellón de su país.

“Creemos que hay que ser bastante consecuentes con la necesidad de inclusión, para generar ambientes de oportunidad igualitarios. En países tan centralistas como los nuestros, como Perú, donde tienes en Lima a la irradiadora de todo, se invisibiliza, se opacan las otras regiones, donde hay personas valiosas que están escribiendo, produciendo y editando libros, pero no han tenido los espacios para mostrarse”.

Por ello, con pocos días al frente del ministerio, Ortiz Perea decidió hacer cambios profundos en la lista de la delegación de su país para la FIL, misma que, dice, estaba centralizada por criterios de la administración precedente.

“Igualamos el mercado con representantes de las distintas regiones del país, pero también con un equilibrio entre varones y mujeres y desde otras expresiones orales. En Perú tenemos 48 lenguas y creo que es importante que desde la escritura estas se visibilicen. Entonces, incorporamos literatura en quechua, en aimara y en una lengua amazónica. Eso antes no se daba en un espacio como la FIL, donde la representación de plumas de nuestro país siempre fue muy tradicionalista. Pero no solo incluimos a las expresiones desde los libros, también desde la artesanía ancestral, la música, la pintura y el teatro. La mirada del Perú en esta feria es hacia la gran diversidad que aún estamos conociendo y con la que seguimos soñando”.

¿Qué tipo de república somos?

La conmemoración del bicentenario en ambos países, señala, es una oportunidad histórica no solo para celebrarnos como repúblicas sino para cuestionarnos qué tipo de república somos, “si realmente es una que nos representa a todos o solo es de una élite, si realmente somos sociedades que reconocemos nuestras propias diferencias, las valoramos y las respetamos o solamente nos queremos imponer sobre ellas”.

Los 55 pueblos originarios del Perú, cuatro andinos y 51 amazónicos, advierte, llevan a cuestas cinco siglos de resistencia del olvido, “son culturas vivas que sienten que hay un Estado que no las ha representado. Por todo esto es momento de mirarnos hacia adentro de forma crítica. Creo que mal haríamos en pensar que todo está bien, que no hay nada que cambiar. Hay voces que reclaman una sociedad igualitaria, justicia, políticas interculturales que no se les daban.

“Venimos de 30 años de neoliberalismo y de gobiernos de partidos de derecha. Las diferencias entre derecha e izquierda no importarían si realmente hubieran generado espacio para todas y todos. Pero no ha sido así, han sido gobiernos de élites, con miradas empresariales que pasaban por encima de los derechos humanos y comunales de los pueblos originarios. Ahora estamos revisando y cambiando esas cosas que se habían normalizado, pero nos cuesta”.

Gran parte de ese costo, precisa, es que un sector de la derecha que perdió las elecciones en julio pasado se encuentra “en una etapa negacionista y golpista, planteando vacancia presidencial, como si no hubiera un proceso democrático cerrado”.

Una feria del libro, reconoce, es un espacio de negocios, una cualidad inherente, pero sugiere que no solo tiene que ser un aparador para los mejores autores y los libros más visibilizados. “Tiene que ser un espacio que nos muestre cómo somos los peruanos de manera amplia. Y por eso creo que esta decisión de revisar las razones por las que se elige a tales o cuales representantes es válida. Debemos ser lo más democráticos posibles. Un error muy grande sería la imposición”, concluye.

Números del País Invitado de Honor:

  • 64 personas de todo el país componen la delegación peruana en la FIL
  • 68% de los representantes provienen de regiones distintas a Lima
  • 1,300 títulos de 52 sellos editoriales
  • 48 lenguas se hablan en todo el país
  • 19,500 ejemplares a la venta

ricardo.quiroga@eleconomista.mx