El sábado un centenar de mujeres exigieron su derecho a andar en bici pedaleando con tacones por avenida Reforma. La verdad es que una manifestación de este tipo no distingue géneros al convocar a todo aquel que quiera circular libremente en la ciudad de México a bordo de una bicicleta contra la tiranía de los automovilistas. Parece una idea romántica, sacada de un cuento. Sin embargo, hay cuentos parecidos a esta idea, sólo que la realidad que velaban con su metáfora era más ruin y violenta.

En 1938, durante la época de terror conocida como el Holocausto, un artista, Karl Svenk, preso en el campo de concentración de Terezín (Praga) conminaba a sus compañeros a hacer locuras: representar obras de teatro. Una de esas obras de teatro fue El Último Ciclista, en la cual un grupo locos dirigidos por Gran Dama (la loca más loca) y Rata (el loco más rata) escapan del asilo y conquistan el mundo. Ellos exterminan a todo aquel que tenga la ocurrencia de andar en bicicleta, de tal manera que transitar en este vehículo constituye una metáfora de la libertad y del arte.

Borivoj Abeles, un abarrotero, logra esconderse de la amenaza de los locos y lucha hasta el final, principalmente, porque no ha perdido la esperanza, tiene un motivo: Manicka, la mujer de la que él está enamorado. Peripecia tras peripecia, con un tono que une lo fársico con lo cómico, la obra avanza hasta una resolución fantástica y alegórica: con un viaje a la Luna.

La ovación después de la última función de la temporada fue clara y prolongada.

El director Isaac Slomiansky tomó la palabra y dio todo el crédito a los nueve espléndidos actores que dieron vida y cuerpo a cada uno de los 29 personajes que presenta el texto. Un grupo muy afortunado que se antoja ver en una nueva temporada de esta pieza.

La obra nació en el infierno y hereda mucho dolor y vergüenza. Además es indicio de aquello que es marca indeleble de lo humano y constituye una defensa contra el paso del tiempo y contra las situaciones más insoportables: la imaginación.

Si bien, la obra puede hablarnos de una historia que es preciso no olvidar -el exterminio nazi: el genocidio contra el pueblo judío- o puede servir para elaborar un discurso en defensa de la vida o criticar estigmas sociales, dogmas, prejuicios o fobias de todo tipo en contra de aquello que es diferente, su actualidad y pertinencia más importantes gravita en otra parte: recuperar la infancia y ser un poquito locos, viajar a la Luna, enamorarnos, andar en bicicleta.

Se entiende que Svenk (no lo sabemos ni nadie le preguntó nunca sobre esta pieza, porque el autor no sobrevivió como su texto) tenía un fin primordial para conminar a sus desahuciados compañeros a hacer una locura, es decir, a hacer teatro: quizá porque creía que el arte es capaz de reconstituir -sólo por un instante- aquello de lo que hemos sido separados desde que perdimos la inocencia, desde que dejamos de jugar y nos convertimos en personas serias.

Lo más importante de esta pieza es un llamado de esperanza en medio de tango, fango y hedor, un símbolo que invita a recuperar algo de todo lo que hemos perdido y seguimos perdiendo. Una obra que proviene de una experiencia límite y final cuando cada segundo de vida es uno menos, cuando se acaba el tiempo, cuando solamente queda jugar y volver a sonreír para poder salvarnos.

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