El actual montaje de David Olguín en el Foro Sor Juana del Centro Cultural Universitario de El tío Vania es portentoso y sutil, un homenaje al dramaturgo ruso sin mayores pretensiones de serlo, y una exploración inefable y extensa, siempre inacabada, sobre lo que es la vida y sobre las dimensiones complejas de lo humano.

Es cierto que Chéjov es un autor a prueba de balas –el texto, en voz de actores a la altura, es una garantía- pero también es cierto que la imaginación siempre es mejor compañera que el artificio.

Como comparación, en febrero de 2011, la CNT estrenó El jardín de los cerezos en el Teatro de Bellas Artes, en el marco de la reapertura del Palacio que lleva el mismo nombre, con un montaje soso, carísimo, muy extendido, donde De Tavira exageró en el artificio al depender de cambios de escenografía para cada una de las partes (cuatro), los cuales tardaban hasta 20 minutos o incluso un poco más. Esa es la exageración del artificio.

En cambio, hace un par de semanas, Olguín, con el apoyo del director de Teatro UNAM, Enrique Singer, estrenó El tío Vania, con una escenografía precisa elaborada por Gabriel Pascal, en donde el dominio de las luces y los colores potencia la imaginación y que permite cambios de escena fugaces. Tiene un texto comprobado, el traducido hace ya varios años por Ludwik Margules.

Entrando en los temas, El tío Vania, al igual que El jardín, es una pieza fundamental para comprender la transición cultural que marcó el fin de la aristocracia –en este caso la aristocracia rusa- y el ascenso de la burguesía. Los problemas sociales se logran de un modo más tangible en El jardín, pero los dilemas humanos, el peso de la sangre y de la moral, adquieren una densidad mayor en El tío Vania. La célula donde se reúnen todos estos problemas es la familia. Y en esta casa, Elena es la manzana de la discordia entre el tío Vania, su eterno enamorado, el profesor Alexander, esposo viejo y rico de Elena, y el Dr. Mijail.

Cabe destacar que en las dos obras Chéjov ubica con exactitud gallarda a un personaje en desaparición, el mujik, la servidumbre, que desde 1861 había sido abolida durante el reinado del zar Alejandro II. El gran Farnesio Bernal apenas dijo palabra en el montaje de la CNT de El jardín, pero su abandono y su olvido es fundamental para precisar ese símbolo transitorio que expone la obra.

En el caso de El tío Vania, el mujik es personificado por Raúl Espinosa Faessel quien no sólo también resulta muy emotivo, sino que también es quien vela el peso del pasado, al colocar las sábanas sobre los muebles de una casa abandonada que ha devorado a sus propios habitantes.

Chéjov ejercía de médico, lo que le permitía ir de aldea en aldea atendiendo personas. Sus obras recogen esa experiencia no sin un grado de humildad y distanciamiento elevado. En El tío Vania, aparece un médico, en quien seguramente se reflejaba en parte Chéjov: el Dr. Mijail Lvovich Astrov, al que da vida un magistral David Hevia, personaje que resume los aspectos más ilustrados como los más lúgubres del hombre de luces, de conocimiento, él reúne la razón, la inteligencia e incluso el ímpetu que vence a los años, pero también las pasiones más primarias y el engaño.

Uno de sus principales discursos es en defensa de la naturaleza y los bosques, amenazados por el avance de la modernización, pensamiento que admira la señora de la casa Elena Andreevna (una siempre contundente y exacta hasta en su improvisación Laura Almela), forma de pensar que también enamora a su joven hijastra, Sofía Alexandrovna, Sonia (la seria y talentosísima actriz Esmirna Barrios, que merece una mención aparte, por su perfecto acoplamiento con grandes histriones). Mauricio Davison, Tina French y Rubén Cristiani completan ese radiante reparto. Arturo Ríos cumple de forma total con un personaje devastador.

  • El tío Vania
  • Foro Sor Juana (CCU)
  • Funciones : J 20:00 hrs. $30
  • V 20 hrs. S 19 hrs y D 18 hrs. $150

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