Risas tímidas, sorpresa, incredulidad y una verdadera sorpresa provoca El juego de los insectos, ópera que se presenta en el Palacio de Bellas Artes. La amas, la odias o te burlas pero es imposible quedar indiferente ante la ópera dirigida por Claudio Valdés Kuri con música de Federico Ibarra y libreto de Verónica Musalem.

Un vagabundo irrumpe en el Palacio de Bellas Artes, parece borracho y rompe con la solemnidad del Palacio de Mármol; pero no, no es un colado, es el actor Joaquín Cosío, quien arranca el montaje entre protestas y con un discurso en el que dice no creer en el ser humano.

Pocos saben qué va a pasar en la ópera basada en la obra Imágenes de la vida de los insectos de los hermanos Karel y Josef Čapek, concebida como un retrato y crítica sobre el comportamiento humano.

El público llena el Palacio, varios esperan algo como La Traviata o una ópera muy acá, pero no, arranca con “mariposas” en medio de un rave con trajes de lentejuelas y un gigantesco foco en el escenario; juegan, hablan de dietas, fama y les vale el calentamiento global; representan a los Millenialls, preocupados por consumir y nada más.

Nuestro vagabundo se enoja, les grita algunas cosas y decepcionado prefiere ir al subterráneo donde un hombre mosca es el rey y convive con larvas, parásitos, gusanos, escarabajos y grillos dentro de un espacio asfixiante, sucio y digno de una obra de arte.

Aquí, los insectos son crueles, ambiciosos, pero también mediocres en un mundo ordinario y vomitivo; donde la palabra mierda resuena en un largo “mierdaaaaaaaa” en voz de un tenor.

Un trago más y el vagabundo huye de ese mundo no sin antes soltar un “siempre se puede rectificar”.

Hasta aquí el primer acto, que toma por sorpresa al espectador, quien no sabe si aplaudir el montaje de la Compañía Nacional de Ópera; algunos lo hacen tímidamente pero otros abandonan rápidamente la sala y se pierden en la explanada.

El segundo acto habla de las hormigas, la guerra, la ambición y la traición en el mismo tono fársico donde se incluye la extraña representación de una crisálida que palpita y habla como una especie de Dios.

El Juego de los Insectos es una ópera peculiar, arriesgada y hasta rocambolesca con elementos dignos del cabaret, el burlesque y la carpa donde se “canta” de manera coloquial los reclamos, las bromas y amenazas de los tontos humanos representados como insectos; interpretaciones que provocan risas y hasta repulsión.

El actor Joaquín Cosío es de lo mejor de la ópera en su papel de borracho tratando de entender la naturaleza humana.

Mientras que Claudio Valdés Kuri, siempre polémico, es el director de escena y no muestra respeto por la ópera, él prefiere destrozarla, armarla y apantallar al público para presentar uno de los montajes más polémicos del año que el espectador acabará odiando, amando o de plano pidiendo el regreso de su dinero.

Atrévase y vaya, en una de esas puede que se enamore del montaje, al que se le aplaude la rebeldía, aunque para muchos sea sólo un chiste operístico de mucho presupuesto.

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