Podemos imaginar, hace 150 años, a dos damas inglesas sentadas en una terraza contemplando los hermosos jardines de Devonshire, mientras toman una taza de té Earl Grey, levantando el dedo meñique con delicadeza, comentando una novela de Jane Austen, o cómo los sirvientes ya no son lo que eran cuando vivían sus abuelos.

Lo último que pasaría por sus cabezas es que para obtener el té que bebían, una con leche, la otra con un poco de azúcar, las compañías navieras inglesas inundaron un país (China) con opio. Eran épocas de inocencia. ¿Cómo se dice? Ojos que no ven…

Una de las ventajas (o desventajas, según el ángulo) de vivir en un mundo globalizado es que tanto el té como la información sobre cómo es cultivado, transportado y comercializado, son capaces de llegar a ese mismo jardín, y casi al mismo tiempo.

Imposible ponerse unos zapatos deportivos sin enterarse de que son fabricados en condiciones inhumanas por niños en alguna selva vietnamita.

Que la hamburguesa jugosa a la que estás a punto de dar un bocado es bien posible que esté contaminada con hormonas, la enfermedad de las vacas locas, o cualquier otra barbaridad. Que ese nugget que nos espera en el plato viene de pollos criados con salvajismo industrial, y que el lápiz labial que tanto nos gusta besar (en los labios correctos) fue probado en animales inocentes para anticipar que no nos provoque algún tipo de alergia.

En un mundo de perro come a perro, como le dicen nuestros vecinos del norte, de capitalismo salvaje (y no tanto), gran cantidad de los productos que consumimos, desde la electrónica hasta esa taza de café, pueden tener orígenes dudosos y hasta cuestionables. ¿Es posible desentenderse de ello o lo más sensato sería continuar nuestras vidas sin amargarnos la existencia?

Es probable que si nos detuviéramos a considerar de dónde viene nuestra ropa, automóvil, teléfono celular, cereal, leche, ensalada, nueces, pintura de uñas, accesorios, maletín, y un larguísimo etcétera, llenaríamos cada segundo de nuestra existencia con historias de miseria, abuso, y trato inhumano.

Nos quedan, en apariencia, dos alternativas opuestas. O sentirnos horrorosamente culpables, moral e ideológicamente, por cada segundo de nuestra existencia burguesa y superficial; o tornarnos en cínicos insensibles, más cercanos al pragmatismo del así son las cosas. O sea, abonarnos a alguna ONG militante del ecologismo radical, o sentarnos a contemplar el parque mientras bebemos un Snapple y charlamos sobre la última entrega de Los juegos del hambre.

Desde niños aprendemos aquello del círculo de la vida y las cadenas alimenticias (si no nos tocó una escuela en huelga por alguna reivindicación del SNTE), y podemos racionalizar que esos pollitos que tan lindos nos parecían en los libros y caricaturas infantiles saben mejor empanizados y fritos. Después de todo, uno tiene que comer.

No presumo conocer la respuesta a estas interrogantes, como a muchas otras. Me queda claro que no podemos andar por la vida cuestionando el origen de cada objeto que necesitamos para sobrevivir, trabajar, crear, comunicarnos, o pasarla bien, pero tampoco hacer como si no existieran esas plantas industriales chinas donde prácticamente se esclavizan niños o mujeres de manos muy pequeñas para instalar chips en el gadget de tu preferencia y mantenerlo más barato.

Quizá debamos familiarizarnos más con conceptos como sustentabilidad, comercio responsable, así como ética y moral como seres sociales. No hablo del activismo, la obsesión ecologista con el cambio climático, las huellas de carbono y los baldes de pintura a los abrigos de piel. Me refiero más a no vivir a ciegas.

Todo esto viene a la mente ahora que se pretende poner en la agenda mediática nacional el tema del hambre como una prioridad que amerita una cruzada nacional. Al margen de señalar que, aunque el término suene como una llamada a que todos nos unamos por una causa justa, no deja de tener una connotación de origen y simple significación semiótica: cristiana. La cruzada empezó como una guerra de los ejércitos cristianos contra los musulmanes para rescatar la tierra santa. Después, el término se extendió a cualquier campaña con fines religiosos.

El tema del hambre ha sido abordado por muchos estudiosos, tanto de los modelos de desarrollo para acabar con la pobreza como por libros tan lúcidos como Contra el cambio de Martín Caparrós que, explorando la pasión ecologista, la agenda del cambio climático y el mercado negro de las huellas de carbono, pone frente a ellas la necesidad más elemental de cualquier ser humano: comer. Detrás de esa idea de luchar contra el hambre hay un instinto primordial en todos nosotros. Es como si el gobierno pensara que frente a la insensibilidad y entumecimiento social ante el recurrente tema de luchar contra la pobreza de millones sea preferible un giro dramático, poner sobre la mesa, como suele decirse, un tema incontestable.

Y si además lo declaramos con el fervor religioso de aquellos autonombrados dueños de la verdad y la luz, más aún. Pareciera que algún estratega político tuvo clara la respuesta a las siguientes interrogantes: ¿Quién puede negar sumarse a una campaña contra el hambre?

Convirtamos el me da para un taco en una política pública. Después de todo, quién puede criticar o cuestionar a un gobierno concentrado en la más primaria de las necesidades humanas.

@rgarciamainou