México es generoso con los extranjeros. Lo fue con mi familia paterna al darle asilo político cuando la dictadura de Franco se impuso en España. Luego, en la década de los 70, el país también le abrió las puertas a chilenos, argentinos, uruguayos y un largo etcétera que huían de los regímenes militares de Centro y Suramérica.

Pienso esto porque Juan Gelman se fue a tocar el violín a otro barrio , como le gustaba decir al poeta. Pero también nos dejó su música en forma de libros, incluso, dos inéditos.

Pienso en su hija, mi amiga Paola Stefani, especialista en temas de comunicación y activista a favor de los pueblos originarios, y en mis muchos amigos argentinos que la barbarie los obligó a refugiarse en México y formarse como mexicanos, enriqueciéndonos con su honestidad, cultura, ciencia e inteligencia. El caso de Gelman, escritor universal, es un claro ejemplo de lo que digo.

Pienso en la familia Marcovich, cuyos padres eran arquitectos: Héctor, especialista en vivienda social, mientras que Judith, urbanista, quienes enseñaron sus artes en Puebla, en el D.F. y en el Estado de México.

Pienso en Andrea Marcovich, también arquitecta; en Alejandro, músico de Jaguares; en Carlos, creador de la película ¿Quién diablos es Juliette?, considerada un clásico contemporáneo en su género; en Gustavo, químico y escritor.

Pienso en la familia Masera que, al igual que Gelman, sufrió una tragedia que yo, sencillamente, no me atrevo a contar, pues nunca debió suceder. Pero en México, también como el poeta, se levantó, reinventó y salió adelante.

Pienso en Omar Masera, ecologista; en Diego, al que le perdí la pista; en Mariana, historiadora.

Pienso en la familia Jitrik. En Noé, el padre, quien posee?una vasta bibliografía, principalmente de crítica literaria, aunque la ficción no escapa a su talento. Pienso en Oliverio Jitrik, físico; en Magdalena, cuyos ojos verdes siempre me cautivaron y que, de regreso en Argentina, se convirtió en una pintora importante.

Pienso en los Maldonado y recuerdo que el padre es psicoanalista, mientras que la madre, allá por los años 80, manejó la Galería Khin, en Altavista, lugar donde exhibieron sus primeras obras artistas tan importantes como Rubén Ortiz, Gabriel Orozco, los Quiñones (Néstor y Héctor), Tomás Gleason y Diego García del Gállego, entre otros.

Pienso en Isabel Maldonado, diseñadora; en María, también psicóloga; en Nacho, naturista.

Pienso en Gabriela Borón que, de vuelta en Buenos Aires, me cuentan que es una estupenda bailadora de tango; en Andrea y Valeria Pecorado, antropóloga y psicóloga, respectivamente; en Verónica Moore y Marinés Roqué, que se dedican a la producción cinematográfica; en Raúl Dorra que, pese a no conocerlo en persona, acabo de coeditar una reedición de uno de sus libros de cuento.

Pero si México fue generoso con la inteligencia que llegaba del extranjero, ahora lo es con su parte más abominable: las empresas globales, llámense petroleras, mineras, hoteleras, etcétera, que, confabuladas con una sarta de pillos que se dicen mexicanos, saquean, explotan, corrompen, despojan, pervierten, dañan, roban, lo que queda de país en acciones, ay, tan lejos de Lázaro Cárdenas y tan cerca de Enrique Peña.