Hace un par de semanas, en este mismo espacio, les conté que de cuando en cuando me ataca la cefalea en racimos, dolores dignos de quien en otra vida fue asesino, violador, secuestrador o becario de Harvard y que, ahora, en su actual reencarnación, está pagando dicho karma.

Abordo de nuevo tal tema no para lamentarme mis aullidos en privado son más que suficientes , sino para decirles que, dadas las características de la enfermedad, salgo poco de casa, me cuesta trabajo concentrarme y he buscado refugio en lo más bajo que una persona mínimamente culta puede sucumbir: ver la televisión.

Sí, soy de los que les da pena ver la televisión (encendida, por supuesto). Qué tal si, por ejemplo, me llama por teléfono José Emilio Pacheco y me pregunta:

¿Qué andas haciendo, Marcial?

Y uno, en un ataque de sinceridad, le responde:

Aquí, José Emilio, disfrutando de El pecado de Oyuki?

Y así como dicha escena se me figura poco realista y vergonzosa, más porque Pacheco ni siquiera me conoce, y no me gustaría que me conociera por una supuesta afición a las telenovelas, tampoco me puedo imaginar a Fernando del Paso en el teléfono para consultarme:

¿Qué te parece, Marcial, lo que acaba de comentar Paty Chapoy?

Y que yo le conteste:

Me parece, Fernando, una opinión muy atinada, sin duda muy inteligente.

El caso es que más allá de mis prejuicios, mi debilidad mental ha provocado que, de pronto, me encuentre por las noches buscando una serie colombiana llamada Pablo Escobar, el patrón del mal, bodrio que intercala una historia de ficción, basada en hechos periodísticos, con imágenes reales de la época en la que el Cártel de Medellín le declaró la guerra al estado colombiano.

Y lo que es peor: dicha telenovela me ha puesto a pensar en varias cosas: algunas banales y, otras, no tanto. Entre las primeras, me causa mucha gracia que el actor que interpreta a Pablo Escobar sea una mala caricatura no sé si del narcotraficante, pero sí del escritor Jorge F. Hernández, con quien mantiene un parecido tan asombroso que me imagino a Jorge imitándolo y, satírico, dándole órdenes a sus amigos Philippe Ollé-Laprune, Fabrizio Mejía Madrid, Hernán Bravo Varela y demás miembros de su cártel literario.

Otro pensamiento un poco menos banal ha sido comparar las diferencias entre la guerra del narco versus Colombia, y la de México versus el narco, para concluir que, si bien los de Medellín le declararon la guerra al estado con el fin específico de que sus capos no fueran extraditados a Estados Unidos, los del ahora becario de Harvard le declararon la guerra a los cárteles en busca de una legitimización presidencial no conseguida en las urnas, y eso dio por resultado, en el primer caso, que los narcos perdieran la guerra y, en el segundo, que el usurpador y secuaces perdieran gracias al mal del patrón a muchos de sus hombres y gran parte del país.

Pero lo menos banal que he pensado es la ironía, a la vez que paradoja, de que, en una nación mayoritariamente educada (o maleducada) por la televisión, en la que la libertad de prensa la marcan los grupos criminales a bala y muerte, pasen este tipo de telenovelas que no sólo le dan identidad a los matarifes, sino ejemplos concretos para volverse más aterradores.

Así, lo único bueno que veo de esta culturización delincuencial venida del extranjero es que, dentro de poco, podremos reconocer a Los Zetas, por ejemplo, cuando se expresen con el pronombre usted (que en México denota un mínimo de respeto), tal como hablan los colombianos.