De entre los misterios que nos rodean, tal vez sea la muerte el más insondable. La podemos explicar científicamente, pero nos cuesta trabajo entender que, de un instante a otro, la vida se convierta en nada. Por eso las religiones suelen traficar con ese sentimiento de impotencia y encuentran paliativo en conceptos tan raros como el de la reencarnación o la resurrección, según cuál sea el tipo de creencia que se quiera adoptar.

Nacemos, eso sí, con la fe de que somos inmortales. Pero que, de alguna u otra manera, nos debemos ganar esa eternidad. Y esto es así por mero instinto de sobrevivencia, corazonada que se desgrana en el entendimiento, en la irracionalidad de la razón, pues de lo contrario no habría manera de subsistir como individuos o como especie.

El juego es un entrenamiento que tenemos de niños para, ya adultos, crear rituales que inconscientemente nos aseguren la existencia. Una vez pasada la infancia tenemos hijos para no morir del todo, para que nuestros vástagos sean la prolongación de nuestras vidas.

Creamos arte, nos desenvolvemos como héroes en distintos oficios, compramos territorios o, simplemente, hacemos dinero, para que algo de nosotros, una obra o lo que sea, nos sobreviva, aunque sea en el recuerdo o en el reconocimiento de los demás.

Y dada nuestra naturaleza inmortal, sin importarnos que la muerte esté siempre latente, a la vuelta de la esquina, es el porqué el cristianismo encuentra en el suicidio el único pecado sin salvación, pues al consumarse, imposibilita todo arrepentimiento, efecto angular de la religión más importante del mundo occidental.

Se puede matar a un congénere y, aún así, conseguir el perdón del sacerdote representante de Dios en la tierra y, por consiguiente, el cielo. Pero si dicho individuo se suicida, está comprando un viaje directo sin escalas al infierno.

De esa creencia falsa, la que condena al suicida al peor de los castigos, las leyes religiosas escritas en nombre de Dios o de los dioses por cualquier cantidad de fanáticos se han trasminado a la legalidad laica, que es la que debería privilegiarse en cualquier sociedad avanzada, en cualquier gobierno que busque el bienestar de sus gobernados en el aquí y en el ahora, y no en el más allá.

Me explico: en la actualidad sabemos de sobra incluso ya existe un reloj de la muerte llamado Tikker, que supuestamente señala cuánto tiempo nos falta para morir que si bien nos creemos inmortales, no lo somos. Y si en los años recientes hemos alcanzado tal longevidad que antes era impensable, no es porque seamos más fuertes que nuestros ancestros, sino porque la ciencia médica ha creado mejores medicinas para prolongar la vida, aunque la calidad de la misma no sea la deseable.

Es en este punto en el que me quiero detener: si bien los laboratorios médicos que son los que más dinero invierten en investigación científica han logrado que cada vez haya más viejos en el mundo, son los propios laboratorios apoyados por fanáticos religiosos y legisladores sin escrúpulos los más beneficiados que las leyes laicas prohíban el suicidio y, en el caso de los de los enfermos terminales, la eutanasia, el buen morir según la etimología de la palabra.

Pero, ¿a quién le conviene, por ejemplo, que un enfermo joven o viejo, no importa condenado a mal vivir en una cama de hospital, lleno de tubos y medicamentos, sea mantenido con vida a pesar de su propia voluntad? ¿Al paciente? ¿A los familiares? ¿A las aseguradoras? ¿Al Estado que, en el caso de la seguridad social, debe de pagar los gastos médicos? ¿O a los laboratorios que venden las medicinas?

Esto que da para una discusión ética, ojalá que le provoque al lector una opinión a favor o en contra de la eutanasia en México, y que se discutiera en los órganos políticos en los que se debe discutir, aunque sea sabido que a nuestros legisladores no les importa lo que los ciudadanos piensen mientras haya cabilderos ricos cerca de los curules.