¿Qué hace grande a un autor? Cada crítico tiene su canon personal, su lista de lo que debe ser una trayectoria valiosa, memorable. Hay autores que tienen una obra copiosa, larguísima, al estilo de Joyce Carol Oates o Philip Roth. Otros, como Michel Houellebecq y Albert Camus, saltan de género y son competentes en esas varias formas literarias.

Todos los mencionados son dueños de una obra lo suficientemente extensa para juzgarlos con perspectiva de tiempo: a lo largo de décadas publicaron piezas de calidad sostenida. No es riesgoso decir, por ejemplo, que Roth es un gran escritor. Hay muchas novelas suyas para probarlo.

Hay otro caso más interesante: el de los escritores que publican poco, que dejan tras de sí apenas uno, dos, tres libros. Me refiero a los autores a goteo como Juan Rulfo, Junot Díaz o Harper Lee. Sin duda, los tres han escrito libros soberbios, memorables durante décadas (en el caso de Rulfo y de Lee, obras canónicas). Esas aves de un verano que merecen ser recordados por su talento explosivo.

Es posible que Donna Tartt (Mississippi, EU, 1963) pertenezca a este club de los talentos explosivos. Hace 22 años publicó La historia secreta, su primera novela. Recibida con aclamación crítica, la novela debut es todo lo que un escritor joven sueña: una anécdota apasionante que define, de una manera contundente, lo que es ser veinteañero en la década de los 90. En La historia secreta, Tartt narra los azares de un grupo de universitarios snob que buscan, con una mezcla de ritual y academia, vivir la vida dionisiaca tal como el Olimpo manda. Frente a sus aventuras helénicas, las orgías con cocaína y éxtasis de sus coetáneos se quedan en el kinder.

Tartt, considerada una infante terrible, se largó del ojo público durante una década; hasta que en el 2002 apareció su segunda obra, The Little Friend, y volvió a desaparecer. Como la segunda novela, una historia de fantasmas en el sur de EU, recibió críticas de malas a mediocres, muchos pensaron que hasta ahí había llegado Tartt.

Y entonces, la infante terrible apareció cincuentona. Bajo el brazo llevaba The Goldfinch.

EL AVE DE MAL AGÜERO VUELA

Tartt es un personaje divertido. Pedante, reservada y muy segura de su valía como su amigo Brett Easton Ellis es una fanfarrona adorable.

Toda esa seguridad en sí misma se siente en sus novelas, sobre todo en The Goldfinch. Uno accede a dejarse llevar por las palabras. Sin esfuerzo, pronto al terminar la primera página estamos en sus manos.

Theo tiene 13 años el día en que su vida alcanza la primera parte de su destino. Un bombazo en el Museo Metropolitano de Nueva York lo separa de su madre. El huérfano Theo sale vivo y recibe de un hombre moribundo un encargo: salvar El jilguero (el goldfinch del título) de Fabritius, una de las mayores obras pictóricas del arte flamenco; el sencillo cuadro de un ave que parece a punto de volar.

El destino no conoce intermedios. Ese jilguero se transformará en el ave de mal agüero que perseguirá a Theo.

Lo que sigue es digno de Dickens: Theo huye de los servicios sociales, duerme en casa de compañeros de escuela, en parques, donde sea. Su padre aparece y los dos viven en Las Vegas. El padre, por supuesto, es un bueno para nada. Y como debe suceder en toda bildungsroman (las novelas que narran la pérdida de la inocencia llevan ese germano apellido), Theo encuentra el amor.

The Goldfinch es una novela que vuela. Sus casi 800 páginas se desdoblan peripecia tras peripecia, hasta que conocemos de manera íntima a Theo. Lo seguimos por década y media hasta que, por razones que es mejor que cada lector descubra, Theo acaba con la ropa que trae puesta y nada más en un hotel de Amsterdam, en desesperada escapatoria.

Nada en la novela es aburrido, a pesar de que la narración es totalmente detallada. Es como si Tartt fuera una maestra flamenca y quisiera con palabras atrapar cada trozo de realidad que Theo percibe. Es un objetivo nada modesto. Y lo logra.

Debe ser una de las mejores novelas publicadas en los últimos 10 años. Cuando acaba, un tremendo vacío queda en la imaginación del lector. Lo único que lo llenará será leerla de nuevo.

concepcion.moreno@eleconomista.mx