Ya son 20 años , dice David Olguín, dramaturgo y director teatral, quien forma parte del Consejo que dirige una de las iniciativas teatrales más importantes de nuestro país, Teatro El Milagro. Decía Gardel que 20 años no son nada, pero 20 años, aquí en México, es algo titánico. Esa persistencia solo puede explicarse a fuerza de la amistad , dice Olguín, al recordar parte de la historia de esta organización, que comenzó siendo una editorial de textos dramáticos.

Recuerdo, a propósito, una frase de Chéjov que dice: ‘Sólo lo inútil tiene sentido’. Y eso es lo que te explica Ediciones El Milagro. La sensación en un principio de que era un deber, algo que era necesario hacer; luego pensamos que podía volverse también una fuente de ingresos e inclusive un posible negocio -rapidísimo nos dimos cuenta de que no-. Y, al paso del tiempo, lo que quedó fue la sensación de persistir, una resistencia en el panorama teatral y cultural mexicano , dice el director.

POR LOS PASILLOS DE LA FACULTAD

Todo comenzó en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Roberto El Chino Pliego y David Olguín editaban una revista casera , típica de la Facultad. Un día, David le dijo: Todas las ediciones que hay de teatro son malísimas . La frase creció como una avalancha.

Pronto, se juntaron varios amigos en torno de un sueño: hacer una editorial. David llevó a Lorena Maza, Tolita Figueroa a Daniel Giménez Cacho y éste, a Pablo Moya. Esa noche, compartieron una botella de whisky. Pablo Moya y Roberto Pliego no se cayeron bien, y al poco tiempo El Chino me mandó al carambas y siguió con la revista de la Facultad , dice David.

El Chino llegó a ser editor de Nexos. Pero David neceó. Hizo clic con Pablo, quien también editaba revistas en el CCH, y en diciembre de 1991, pensaron en tomárselo en serio. Para febrero, habían publicado su primer libro. Con el paso del tiempo, David dice: Lo que explica la supervivencia es un asunto de resistencia y un asunto de amistad. El hecho de ser tan amigos Pablo Moya, Gabriel Pascal, Daniel Giménez Cacho y yo .

Satisfacciones hay muchas; momentos donde tienes la satisfacción de que vale mucho la pena hacer esos libros, proyectos magnos como el de Alejandro Luna, escenografía o el Teatro francés contemporáneo o contar con traducciones de Sergio Pitol, Gerardo Denís... Momentos que nos dan la sensación de que hemos publicado verdaderos librazos y de que estamos haciendo una importante contribución editorial .

LA SUPERAMBICIÓN

La idea de hacer teatro nació al mismo tiempo que la editorial. De hecho, la idea era superambiciosa, muy megalómana: era hacer una especie de Lincoln Center a la mexicana. Yo estaba únicamente del lado editorial, pero Daniel, Lorena, Tolita planeaban un teatro, a la par, un centro de investigación, haz de cuenta un CITRU (Centro de Investigación y Documentación Teatral Rodolfo Usigli, en el Cenart) mucho más sofisticado; a la par, residencias para artistas extranjeros en México y una casa productora. Y, de pronto, todo aquello, dijimos: ‘¿Con qué fondos?’ A Daniel se le ocurrió hacer el Bar Milán, y lo abrimos con Gabriel Pascal. El Bar Milán comenzó a absorber las exigencias económicas, pero no se lograba concretar el teatro, que se comenzó a construir a la par que la editorial .

La Editorial y Bar Milán se ubican en la calle de Milán 18 y a unos pasos está el teatro, en Milán 24. Esas casas fueron tiradas, solamente se conservó la fachada y poco a poco se fueron construyendo a lo largo de 17 años. Hace aproximadamente cinco años, la obra en Milán 24 estaba en 60 o 70%, y, entonces, a propósito de los 15 años que iba a cumplir la editorial, decidieron organizar una fiesta en el lugar que albergaría al teatro.

Dijimos: ‘Hagamos una magna fiesta’. Y se empezó a limpiar, se arregló aquello, se tiró. Y Daniel Giménez Cacho lo expresó muy claramente: ‘Ésta es una limpia para quitarse telarañas de la cabeza, lo próximo que hagamos tenemos que hacerlo aquí’, teatralmente hablando. Y dijimos: ‘Pues ¡va!’. Y así fue. De pronto, conseguimos un par de subsidios, uno de Conaculta y otro que vino de la Fundación Cultural para la Ciudad de México, medio millón y medio millón de pesos y con eso se terminó, en condiciones muy precarias, pero se abrió. Lo primero que se montó fue Siberia, una obra mía, y Persona, que la montó Daniel .

Recuerdo de manera muy elocuente que Julieta Egurrola nos miró ahí, en el lobby, en alguna de estas funciones y nos decía: ‘¿Qué van a hacer? ¿Qué van a hacer con este lugar?’. Lo decía así, como condenándonos al naufragio de antemano. Por fortuna, a cinco años hemos hecho muchísimo, cuando seguramente en ese primer momento no nos daban mucho tiempo de vida. Creo que Teatro El Milagro lo que finalmente hizo fue abrir un nicho, un territorio inexplorado de alguna manera en México: la apuesta por el perfil de compañías independientes, con intenciones de autogestión y de proyectos de largo plazo , dice Olguín.

PERSPECTIVAS PARA EL FUTURO

Tenemos gas. Estamos entusiasmados: hemos sobrevivido. A pesar de las dificultades de difusión, la gente llega, un poco a ciegas. Llaman y preguntan qué hay o se aparecen, han ido identificado al Teatro como una opción distinta, y también tiene ya un público muy consolidado. Eso es muy padre. Creo que tenemos muy buena opinión en medio de la comunidad teatral .

Teatro El Milagro, además, de alguna manera redistribuye lo que recibe como subsidios al no cobrar una renta a las compañías que trabajan allí.

Ése es un diferenciador importante, ya que, por lo general, incluso en los pequeños foros como La Capilla o el Foro Shakespeare, se les cobra a las compañías, a veces hasta 2,000 o 3,000 pesos por función, aunque sólo acudan 30 o 40 espectadores.

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